DOC

El valle de los leones

By Joseph Young,2014-08-29 12:39
17 views 0
El valle de los leones

LIBRO DIFUNDIDO POR www.pidetulibro.cjb.net

    El valle

    de los

    leones

    Ken Follett

    Para Bárbara

    Varias organizaciones verdaderas envían médicos voluntarios a Afganistán, pero Médecins pour la Liberté pertenece al mundo de la ficción. Todos los lugares descritos en este libro son reales, excepto los pueblos de Banda y Darg que son imaginarios. Salvo Masud, los personajes son imaginarios. Aunque he tratado de lograr que el ambiente en que se desarrolla la novela sea auténtico, ésta es una obra de ficción y no debe ser considerada fuente infalible de información con respecto a Afganistán o cualquier otro dato. Los lectores que deseen profundizar sus conocimientos, encontrarán al final de este libro bibliografía de consulta.

    Primera parte

    Capítulo 1

    Los hombres que querían matar a Ahmet Yilmaz eran gente de cuidado: estudiantes turcos exiliados que vivían en París y que ya habían asesinado a un agregado de la embajada turca y colocado una bomba en la casa de uno de los principales ejecutivos de las Líneas Aéreas Turcas. Eligieron a Yilmaz como próximo blanco por ser un acaudalado partidario de la dictadura militar y también porque, para facilitar sus planes, vivía en París.

    Su casa y su oficina se encontraban bien custodiadas y su limusina era blindada, pero los estudiantes estaban convencidos de que todo hombre tiene alguna debilidad, y esa debilidad generalmente es el sexo. En el caso de Yilmaz acertaron. Un par de semanas de vigilancia les reveló que éste abandonaba su casa dos o tres noches por semana, al volante de una camioneta Renault utilizada por sus sirvientes para hacer las compras, y se dirigía a una calle lateral del quinceavo distrito para visitar a una hermosa jovencita turca enamorada de él.

    Los estudiantes decidieron colocar una bomba en el Renault mientras Yilmaz se hallaba con su amante.

    Sabían dónde conseguir los explosivos: se los proporcionaba Pepe Gozzi, uno de los múltiples hijos del Padrino corso Meme Gozzi. Pepe era traficante de armas. Estaba dispuesto a vendérselas a cualquiera, pero prefería clientes de tipo político porque -como él mismo admitía jocosamente- los idealistas pagan precios más altos. Había ayudado a los estudiantes turcos en sus dos ataques anteriores. Pero al planear la colocación de la bomba en el auto surgió un obstáculo inesperado. Generalmente Yilmaz salía de la casa de la muchacha solo y subía al Renault, aunque no siempre. A veces la llevaba a comer con él, pero a menudo era ella quien salía en el auto para regresar media hora más tarde cargada de pan, fruta, queso y vino, sin duda para pasar una velada íntima con su amante. Ocasionalmente Yilmaz volvía a su casa en taxi y la muchacha se quedaba un par de días con el auto. Igual que todos los terroristas, los estudiantes eran románticos y se negaban a correr el riesgo de matar a una

    mujer hermosa cuyo único crimen consistía en haberse enamorado de un hombre que no la merecía.

    Discutieron el problema de una manera democrática. Tomaban todas sus decisiones mediante una votación y no reconocían ningún líder; pero de todas maneras había entre ellos uno cuya fuerte personalidad lo convertía en personaje dominante. Se llamaba Rahmi Coskun y era un joven apuesto y apasionado, de espeso bigote y el brillo de sus ojos lo anunciaba como un ser destinado a la gloria. Gracias a su energía y decisión se llevaron a cabo los dos proyectos anteriores, a pesar de los problemas y riesgos que encerraban. Rahmi propuso que consultaran a un experto en explosivos.

    A los demás no les gustó la idea en un principio. ?En quién podían confiar? Rahmi sugirió a Ellis Thaler, un norteamericano que se autodenominaba poeta, pero que en realidad se ganaba la vida dando clases de inglés, y que había aprendido a manejar explosivos durante su época de soldado en Vietnam. Rahmi lo conocía desde hacía alrededor de un año: ambos trabajaron juntos en un periódico

    revolucionario que tuvo corta vida, denominado Caos, y organizaron juntos una sesión de lectura de poemas con el fin de recaudar fondos en beneficio de la Organización para la Liberación de Palestina. Ellis comprendía la furia de Rahmi por lo que ocurría en Turquía y el odio que sentía por los bárbaros que lo llevaban a cabo. Algunos estudiantes también conocían superficialmente a Ellis: lo habían visto en varias manifestaciones y supusieron que se trataba de un estudiante nuevo o de un joven profesor. Sin embargo, se mostraban reacios a la idea de introducir en el plan a alguien que no fuese turco; pero Rahmi insistió tanto que por fin consintieron.

    Ellis les propuso inmediatamente una solución para el problema. Afirmó que la bomba debía contar con un artefacto detonante controlado por radio; Rahmi permanecería sentado junto a una ventana frente al apartamento de la chica, o en un auto estacionado en la calle, observando el Renault. En su mano sostendría un pequeño transmisor de radio del tamaño de un paquete de cigarrillos, parecido a esos artefactos que se utilizan para abrir las puertas de los garajes sin necesidad de bajarse del auto. Si Yilmaz subía solo al auto, como de costumbre, Rahmi oprimiría el botón del transmisor y una señal de radio activaría el mecanismo de la bomba, que de esa manera haría explosión en cuanto Yilmaz pusiera en marcha el motor. En cambio, si quien subía al auto era la chica, Rahmi no oprimiría el botón, permitiendo que ella se alejara ignorando lo que ocurría. La bomba sería absolutamente inofensiva hasta que fuese activada.

    -Si nadie manipula el transmisor, no habrá explosión -aseguró Ellis.

    A Rahmi le gustó la idea y le preguntó a Ellis si estaría dispuesto a colaborar con Pepe Gozzi en la fabricación de la bomba.

    -Por supuesto -contestó Ellis.

    Entonces surgió otro inconveniente inesperado.

    -Tengo un amigo -explicó Rahmi- que desea conocerlos a ustedes dos, Ellis y Pepe. Si quieren que les diga la verdad, es necesario que los conozca, porque de otra forma el plan no se llevaría a cabo. Se trata del amigo que nos proporciona el dinero para los explosivos, los autos, los sobornos, las armas y todo lo demás.

    -?Y para qué quiere conocernos? -preguntaron Ellis y Pepe. -Quiere estar seguro de que la bomba funcionará y también quiere saber si puede confiar en ustedes -explicó Rahmi con aire de disculpa-. Lo único que ustedes tienen que hacer es llevarle la bomba, explicarle su funcionamiento, estrecharle la mano y permitir que les mire a los ojos. ?Les parece demasiado pedir, tratándose del hombre que hace posible que llevemos todo esto a cabo?

    -Yo no tengo inconveniente -decidió Ellis.

    Pepe vaciló. Le importaba mucho lo que ganaría en ese negocio -siempre estaba ansioso por ganar dinero, lo mismo que el asno se muestra ansioso por llegar al pesebre-, pero odiaba tener que conocer gente nueva.

    Ellis le hizo razonar.

    -Escucha -dijo-, estos grupos de estudiantes florecen y se marchitan lo mismo que las mimosas en primavera y estoy convencido de que Rahmi volará por los aires antes de que pase mucho tiempo; pero si conoces a su amigo, cuando Rahmi haya desaparecido podrás continuar haciendo negocios con él. -Tienes razón -contestó Pepe, que a pesar de no ser ningún genio percibía los principios del mundo de los negocios cuando se los explicaban con palabras sencillas. Ellis avisó a Rahmi de que Pepe estaba de acuerdo, y Rahmi concertó una entrevista entre los tres para el domingo siguiente.

    Esa mañana Ellis se encontraba en la cama de Jane. Despertó repentinamente, asustado, como si hubiese tenido una pesadilla. Después de breves instantes recordó el motivo por el que estaba tan tenso.

    Miró el reloj. Era temprano. Repasó mentalmente su plan. Si todo andaba bien, ese día se produciría la triunfante culminación de más de un año de trabajo paciente y cuidadoso.

    Y podría compartir ese triunfo con Jane, siempre que él siguiera con vida al finalizar el día.

    Volvió la cabeza para mirarla, moviéndose con cuidado para no despertarla. Su corazón latió aceleradamente, lo que le sucedía cada vez que la miraba. Estaba tendida de espaldas, con la nariz respingada apuntando hacia el cielo raso y el pelo oscuro extendido sobre la almohada como las alas desplegadas de un pájaro. Miró su boca generosa, esos labios carnosos que lo besaban tan frecuentemente y con tanto ardor. Los rayos del sol de primavera revelaban la fina pelusa rubia de sus mejillas, su barba, como él la llamaba cuando quería gastarle una broma.

    Era un deleite poco común verla así, en reposo, con el rostro relajado y carente de expresión. Normalmente era animada: reía, fruncía el entrecejo, hacía gestos, mostraba su sorpresa, su escepticismo o su compasión. Su expresión más habitual era una sonrisa malévola, como la de un niño travieso que acaba de realizar una broma particularmente pesada. Sólo cuando estaba dormida o concentrada en sus pensamientos se la veía como en ese momento; y, sin embargo, era así cuando él la amaba más, porque entonces, cuando no estaba en guardia ni consciente de sí misma, su apariencia traslucía la lánguida sensualidad que ardía en su interior, como un fuego lento y abrasador. Cuando él la veía así, apenas podía contener el deseo de acariciarla.

    Al principio esto lo sorprendió. Cuando la conoció, poco después de llegar a París, le pareció la típica mujer entrometida, de esas que uno encuentra entre los jóvenes radicalizados en las grandes ciudades. Esas que siempre presiden comisiones, organizan campañas contra la segregación racial y a favor del desarme nuclear; las que encabezan marchas de protesta por el problema de El Salvador, y por la contaminación de las aguas; las que recaudan fondos para los hambrientos del Chad y tratan de promocionar a algún joven brillante director cinematográfico. Jane atraía a la gente por su gran belleza, la cautivaba con su encanto personal y le contagiaba su entusiasmo. Ellis la invitó a salir un par de veces sólo por el placer de contemplar a una muchacha bonita devorando un filete, y entonces, no recordaba exactamente cómo sucedió, dentro de esa muchacha excitante descubrió la presencia de una mujer apasionada y se enamoró de ella.

    Recorrió el pequeño apartamento con la mirada. Notó con placer los objetos personales que denunciaban que el lugar era de ella: una bonita lámpara hecha con un pequeño florero chino; un estante lleno de libros de economía y ensayos sobre la pobreza reinante en el mundo; un enorme sofá en el que uno

    podía ahogarse; la fotografía de su padre, un hombre con una americana cruzada, posiblemente tomada a principios de la década de los sesenta; una copita de plata que había ganado montando a su pony Dandefion y fechada en 1971 diez años antes. En ese momento ella tenía trece años -pensó Ellis y Yo veintitrés; y mientras Jane ganaba pruebas ecuestres en Harnpshire, yo estaba en Laos, colocando minas a lo largo del Ho Chi Minh.

    Cuando conoció el apartamento, hacía casi un año, ella acababa de mudarse allí desde los suburbios y el lugar se encontraba bastante desnudo: no era más que una pequeña habitación en un ático con una cocinita en un rincón, un baño con ducha y un tocador situado al otro lado del vestíbulo. Poco a poco Jane fue transformando esa sucia buhardilla en un nido alegre. Ganaba un buen sueldo como intérprete, traduciendo del francés y del ruso al inglés, pero el alquiler también era elevado -el apartamento quedaba en las inmediaciones del bulevar Saint Michel-, así que ella fue comprando cosas cuidadosamente, ahorrando dinero para adquirir la mesa de caoba que convenía, la cama antigua o la alfombra de Tabriz. Era lo que el padre de Ellis habría llamado una mujer con clase. Te va a gustar, papá -pensó Ellis-. Vas a volverte loco por ella.

    Se dio la vuelta para estar frente a ella y, tal como suponía, el movimiento la despertó. Durante la fracción de un segundo fijó sus enormes ojos azules en el cielo raso y después lo miró, sonrió y se acurrucó en sus brazos.

    -Hola -susurró, y él la besó.

    Inmediatamente Ellis tuvo una erección. Permanecieron

    os durante un rato, medio dormidos, besándose a acostados junt

    cada instante. Entonces ella cruzó una pierna sobre las caderas de él y lánguidamente empezaron a hacer el amor, sin hablar.

    Cuando empezaron su relación como amantes hacían el amor mañana y noche y muchas veces también a media tarde. Ellis supuso que esa pasión desmesurada no podría durar, y que después de algunos días o tal vez un par de semanas, la novedad desaparecería y desembocarían en el promedio estadístico de dos veces y media por semana, o algo así. Se equivocaba. Un año después seguían haciendo el amor como el primer día.

     Jane se colocó encima de él, apoyando todo su peso sobre el cuerpo de Ellis. Su piel húmeda se pegó a la de él. Ellis la envolvió con sus brazos mientras la penetraba profundamente. De inmediato ella lanzó un suave quejido y Ellis la sintió gozar con un orgasmo prolongado, digno de una mañana de

    domingo. Jane permaneció encima de él, todavía medio dormida. El le acarició el pelo.

    Después de un rato, ella se movió.

    -?Sabes qué día es hoy? -preguntó en un murmullo. -Domingo.

    -Es el domingo que te toca preparar el almuerzo. -No lo había olvidado.

    -Me alegro. -Hizo una pausa-. ?Qué me vas a dar? -Filetes con patatas y guisantes, queso de cabra y pastelillos de crema.

    Ella alzó la cabeza y lanzó una carcajada.

    -?Eso es lo que preparas siempre!

    -No es cierto. La última vez hice judías verdes a la francesa. -Y la vez anterior te habías olvidado, así que almorzamos fuera. ?No te parece que convendría que variaras un poco? -Oye, espera un momento. El trato fue que cada uno de nosotros prepararía el almuerzo a domingos alternos. Nadie dijo nada sobre la obligación de preparar un menú distinto cada vez.

    Ella volvió a tirársele encima, simulando haber sido derrotada.

    En el trasfondo de su mente, Ellis ni por un instante había olvidado el trabajo que le esperaba ese día. Necesitaría que sin saberlo ella lo ayudara y ése era el momento de pedírselo. -Esta mañana tengo que ver a Rahmi -empezó a decir. Muy bien. Más tarde me encontraré contigo en tu casa. -

    -Hay algo que podrías hacer por mí. Siempre que no te importe llegar un poquito más temprano.

    -?Qué?

    -?Preparar el almuerzo! ?No! ?No! Era una broma. Necesito que me ayudes en una pequeña conspiración.

    -Sigue.

    -Hoy es el cumpleaños de Rahmi y su hermano Mustafá está en la ciudad, pero Rahmi no lo sabe. (Si esto da resultado -pensó Ellis- nunca volveré a mentirte.) Quiero que Mustafá asista al almuerzo de cumpleaños de Rahmi, pero que sea una sorpresa. Para ello me hace falta un cómplice.

    -Estoy dispuesta -contestó ella. Se sentó muy erguida, cruzando las piernas. Sus pechos eran como manzanas, suaves, redondos y firmes. El extremo de su cabellera le caía sobre los pezones-. ?Qué debo hacer?

    El problema es simple. Tengo que indicarle a Mustafá adonde -

    ir, pero Rahmi todavía no ha decidido dónde quiere almorzar. Así que tendré que darle el mensaje a Mustafá a último momento. Y probablemente Rahmi estará a mi lado cuando yo haga la llamada.

    -?Y cuál es la solución?

    -Te llamaré a ti. Hablaré de tonterías. Ignora todo lo que te diga, salvo la dirección. En seguida llama a Mustafá, dale la dirección y explícale cómo llegar.

    Todo eso le pareció bien cuando lo tramó, pero en ese momento le sonaba muy poco plausible.

    Sin embargo Jane, por lo visto, no sospechaba nada. -Me parece bastante simple -dijo ella.

    -?Perfecto! -exclamó Ellis animosamente, tratando de ocultar su alivio.

    -?Y después de llamarme, cuánto tardarás en llegar a casa? -Menos de una hora. Quiero esperar para ver la sorpresa de Rahmi, pero me libraré del almuerzo.

     Jane tenía una expresión pensativa.

    -Te invitaron a ti, pero a mí no.

    Ellis se encogió de hombros.

    -Supongo que se trata de una celebración masculina. Tomó el bloc de la mesita de noche y escribió Mustafá, y al lado un número de teléfono.

     Jane se levantó y cruzó la habitación hacia la ducha. Abrió la puerta y en seguida el grifo. Su estado de ánimo había cambiado. Ya no sonreía.

    -?Por qué estás tan enojada? -preguntó Ellis.

    -No estoy enojada -contestó ella-. Pero a veces no me gusta la manera en que me tratan tus amigos.

    -Pero ya sabes cómo son los turcos con respecto a las chicas. -Exactamente: a las chicas. No les molestan las mujeres respetables, pero yo soy una chica.

    Ellis suspiró.

    -No es tu costumbre sentirte molesta por las actitudes prehistóricas de un puñado de chauvinistas. ?Qué es lo que realmente estás tratando de decirme?

    Ella pensó un momento, desnuda y de pie junto a la ducha; estaba tan hermosa que Ellis tuvo ganas de volver a hacerle el amor.

    -Supongo que te estoy diciendo que no me gusta mi estado. Estoy dedicada a ti, y todo el mundo lo sabe. No me acuesto con ningún otro, ni siquiera salgo con hombres, pero tú no estás dedicado a mí. No vivimos juntos. Yo ni siquiera sé dónde vas ni lo que haces durante buena parte de tu tiempo, ninguno de los dos ha conocido a los padres del otro, y la gente lo sabe, así que me tratan como a una puta. -Creo que estás exagerando.

    -Es lo que siempre me contestas.

    Se metió bajo la ducha y dio un portazo. Ellis sacó los útiles de afeitar del cajón donde guardaba lo necesario cuando pasaba allí la noche y empezó a afeitarse delante del fregadero. Ya habían discutido eso antes, más extensamente, y

    a él le constaba cuál era el trasfondo de la cuestión: Jane quería que vivieran juntos. El también lo deseaba, por supuesto; quería casarse con ella y que vivieran juntos durante el resto de sus vidas. Pero tenía que esperar hasta cumplir su misión, y como no podía decírselo, no le quedaba más remedio que recurrir a frases como Todavía no estoy listo, Lo único que necesito es tiempo, y esas vagas evasivas la enfurecían. Consideraba que un año era mucho tiempo para amar a un hombre sin ningún tipo de compromiso de parte de él. Y por cierto tenía razón. Pero si hoy todo salía bien, él podría poner las cosas en su lugar.

    Terminó de afeitarse, envolvió la maquinilla en una toalla y la metió en su cajón. Jane salió de la ducha y él ocupó su lugar. No nos hablamos -pensó-; todo esto es una tontería. Mientras él se duchaba, ella había preparado café. Ellis se vistió con rapidez con un par de vaqueros desteñidos y una chaqueta negra y se sentó a la mesa de caoba frente a ella. Jane le sirvió el café mientras decía:

    -Quiero hablar muy seriamente contigo.

    -Muy bien -contestó él sin vacilar-. Te propongo que lo hagamos a la hora del almuerzo.

    -?Y por qué no ahora?

    -Porque ahora no tengo tiempo.

    -?El cumpleaños de Rahmi es más importante que nuestra relación?

    -?Por supuesto que no! -Ellis percibió un dejo de irritación en su tono y una voz interior le advirtió: no seas duro con ella, puedes perderla-. Pero prometí que iría y es importante que cumpla con mis promesas; en cambio no me parece que haya

     mucha diferencia si conversamos ahora o un poco más tarde.En el rostro de Jane apareció la expresión tensa y obcecada que él conocía: la tenía siempre que decidía algo y alguien trataba de alejarla de su camino.

    -Para mí es importante que hablemos ahora.

    Durante un instante tuvo la tentación de contarle toda la verdad. Pero no era así como lo había planeado. Estaba nervioso, tenía la cabeza en otra cosa y no se encontraba preparado. Sería mucho mejor conversar después, cuando los dos estuvieran relajados y cuando él pudiera decirle que su trabajo en París había finalizado. Así que dijo: -Creo que te estás portando como una tonta y me niego a que me mangonees. Te pido por favor que conversemos más tarde. Ahora, tengo que irme.

    Se puso de pie.

     Jane volvió a hablar cuando él se acercaba a la puerta. - Jean-Pierre me ha pedido que vaya con él a Afganistán.

    Esto fue tan inesperado que Ellis tuvo que detenerse a pensar un momento para poder comprender el alcance de sus palabras. -?Lo dices en serio? -preguntó con incredulidad. -Completamente en serio.

    Ellis sabía que Jean-Pierre estaba enamorado de Jane. Lo mismo que otra media docena de hombres: era inevitable, tratándose de una mujer como ella. Sin embargo, nunca los consideró rivales serios; por lo menos hasta ese momento. Empezó a recobrar su compostura.

    -?Y por qué vas a querer ir a una zona donde hay guerra en compañía de un tipo débil e insípido?

    -?No se trata de una broma! -exclamó con furia-. Estoy hablando de mi vida.

    El sacudió la cabeza con incredulidad.

    -?No puedes ir a Afganistán!

    -?Por qué no?

    -Porque me amas.

    -Eso no significa que deba estar a tu disposición. Por lo menos no había dicho: No, no te amo. El miró su reloj de pulsera. Esto era ridículo: dentro de algunas horas iba a decirle todo lo que ella quería oír.

    -No estoy dispuesto a hablar sobre nuestro futuro de esta manera. Es un tema que no podemos tratar así a la ligera. -Yo no te esperaré indefinidamente -aseguró.

    -No estoy pidiendo que me esperes indefinidamente, te pido que esperes unas horas. -Le acarició la mejilla-. ?No discutamos por unas horas!

    Ella se puso de pie y lo besó en la boca con fuerza. -No irás a Afganistán, ?verdad? -preguntó él.

    -No lo sé -contestó ella con tono inexpresivo.

    Ellis trató de sonreír.

    -Por lo menos te pido que no vayas antes del almuerzo. Ella también sonrió y asintió.

    -No, antes del almuerzo, no.

    él la miró un instante y después salió.

    Las amplias aceras de los Campos Elíseos estaban repletas de turistas y de parisienses que habían salido para su paseo matinal, arremolinándose como rebaño de ovejas bajo el cálido sol de primavera, y todas las mesas de los cafés de las aceras se encontraban ocupadas. Ellis permaneció cerca del lugar convenido, llevando una mochila comprada en una tienda de equipajes baratos. Tenía todo el aspecto del

    norteamericano que recorre Europa haciendo autostop. Deseó que Jane no hubiera elegido justamente esa mañana para una discusión: en ese momento estaría rumiando y cuando él llegara la encontraría de pésimo humor.

Report this document

For any questions or suggestions please email
cust-service@docsford.com