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fogwillcomar

By Jesse Martin,2014-08-29 13:39
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    Sucedió a fines de los años setenta. Por entonces narrarlo era uno de los proyectos con menor sentido entre tantos que se podían concebir. El mundo y la ciudad donde todo ocurrió estaban saturados de histo-rias. Cualquiera de ellas era más atractiva y prometía mejores resultados: mas fáciles de narrar unas, otras más seductoras para la crítica, y, en general, todas mas ajustadas a lo debido. Nadie que se preciara de estar a tono con la época apostaba al realismo, cada cual esperaba su turno para manifestar un refinado desprecio por la realidad y el tiempo de crear parecía demasiado valioso para perderlo preguntándose si ostentar tales ánimos de moda no sería también un testimonio de la realidad. Como es usual, los lectores de la primera ver-sión de la historia juzgaron que el tema y su título abrían expectativas que el texto nunca llegaría a satisfacer. Hasta el autor estuvo entre quienes pensaron que era apenas un ejercicio creativo que no merecía el esfuerzo ni las humillaciones que la edición y la promoción de una obra literaria requieren. Por azar esta obra no se perdió y ahora que vuelve a circular con el mismo nombre y un vago emblema de consagración literaria, llega el momento de ponderar las diferencias entre el 1

    relato de lo que sucedió y la memoria de frases, palabras, ritmos y referencias evocadas por una crónica limitada a los acontecimientos del año anterior:

    El setenta y ocho no fue un buen año para Romano: el peor de su vida, pensó después.

    En enero habían ido a Las Vegas: no perdió mucho, pero él y su mujer volvieron jurándose que aquel primer viaje a la meca del juego sería también el último.

    Romano odiaba hacer cuentas retrospectivas y aunque no era el tipo de personaje que altera el ritmo de un relato para contabilizar lo que perdió, hacia marzo estaba con-vencido de que entre pasajes, hotel, el alquiler de un auto Avis, los gastos de la niñera argentina que llevaron a cargo de sus hijos y el breve tour por Disneyworld, habían gastado menos que en las vacaciones de febrero en Punta del Este.

    Febrero es el mes más corto. En 1978 los uruguayos mostraban orgullosos un recorte de Newsweek que asignaba a Punta del Este el primer rango entre los 2

    balnearios mas caros del mundo. En la vereda de la heladería de la peatonal un pocillo de café costaba mas que una cena en el restaurant del vigésimo piso del Meri-dien de Rio y un turista de fin de semana pagaba por el taxi desde el aeropuerto de Laguna del Sauce a la zona de Playa Mansa lo que le habría costado extender a Atenas el destino final de un pasaje a Madrid.

    Por eso era plausible la convicción de los Romano de que todo el gasto de aquel mes en el norte fue cubierto por la renta de los meses de diciembre y enero de La Nana, su casa de veraneo en Uruguay que por compromisos de negocios debieron alquilar a la familia de un brigadier.

    Que aunque estuvieran al borde de la miseria nunca mas alquilarían La Nana, y que jamás volverían a pisar Las Vegas ni los lugares de ese estilo que estaban apareciendo por distintas partes de Europa y América del Norte fue el corolario natural de las cavilaciones y reproches que la pareja estuvo rumiando durante las primeras semanas de febrero, en las serenas noches de la costa uruguaya.

    Hacia el fin del verano, la decisión se había integrado a la serie de pactos de pareja que nunca revisarían para no estropear el presente con la sombra de nuevos

    arrepentimientos.

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    El clima debió influir en la decepción de los Romano. Habían llegado a Miami cerca de medianoche. Venían de un Buenos Aires tórrido con su media treinta y cinco grados y estaban de paso por un aeropuerto, donde, a de-cir del personal de la aerolínea, los calefacto-res,"funcionando al mango", no conseguían mantener la

    temperatura en los catorce grados. “Al mango” es una metáfora venida del automovilismo, que aún hoy suele aplicarse a cualquier actividad ejecutada con el máximo de potencia.

    Unos turistas argentinos que esperaban la orden de embarcar de retorno recorrían las mesas buscando diarios comentaron que en la costa este llevaban una semana sin ver el sol y que recién al mediodía el termómetro despe-gaba de marcas bajo cero.

    En Grant Avenue y por los parkings de las marinas de Hartland Boats, peatones muertos de frío hacían guardia junto a sus autos esperando el remolque de sus aseguradoras: un día a unos, otro día a otros, tarde o temprano a todos les tocaba amanecer con sus radiadores y cañerías reventados por el congelamiento de los líquidos de la refrigeración.

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    A la espera del transbordo los Romano se refugiaron en un bar colmado de viajeros, el lugar menos lúgubre del aeropuerto.

    Los chicos y la estudiante que habían contratado para entretenerlos y atender el equipaje eligieron una mesa junto al ventanal que enfrentaba la pista, donde no cabrían mas de tres sillas, de modo que los padres, resignados a ocupar otra mesa, eligieron la más cercana.

    Y no porque intentaran controlarlos: se limitaban a obedecer al hábito de mantenerse próximos tan frecuente en las familias y sus comitivas de viaje.

    Romano miraba cómo sus hijos empezaban a formar un mundo aparte con la niñera.

    Ella lo defraudaba: si bien desde la partida se mostró autónoma y hábil administradora del tiempo y de su autoridad sobre los niños, no perdía ocasión de exhibir el placer que le provocaba su trabajo.

    Él hubiese preferido un desempeño menos eficaz a condición de que dejase alguna evidencia de sacrificio, o 5

de disconformidad con la tarea.

    Un refrán árabe explica esto. Romano no terminaba de recordarlo y el aeropuerto no era un lugar propicio para escarbar entre las voces familiares de la memoria buscando sílabas que sonarían mejor en las mezquitas de Teherán, o en la sinagoga de Damasco.

    Una ventaja de refranes y frases hechas es que, a semejanza de los buenos relatos, depositan en la memoria una reserva de significados que en ninguna lengua encuentran palabras precisas para expresarlos. Romano, resignado a la pérdida de aquella frase en árabe, no estaba dispuesto a forzar su memoria ni a intentar una traducción.

    Obviedades como la que en lengua ladina representa la pregunta “?Es que a alguno gusta pagar dinero plata a alguno otro para viéndole después a aquel divertir…?”,

    dan cuenta de las razones por las que la alegría intermitente de la chica le provocaba un vago malestar.

    Ella y los chicos parecían hechizados por la imagen de la escarcha en el balcón de cemento vista a través de los cristales rociados por la llovizna. Desde la mesa vecina y dándoles la espalda, miraban la llovizna, el piso es-carchado de las terrazas y apenas poco más que un sector de la pista, donde estacionados, o abandonados, había un par de vetustos Douglas DC9.

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    Los chicos señalaban todo y comentaban todo como si asistieran a la primer nevada en la estación de esquí, justo cuando se empieza a ver un pedazo de cielo azul y se adivina que pronto aparecerá el sol.

    Pero ahí lo único que aparecía era el esporádico chorro de luz de un reflector de vigilancia, que formando un tubo blanquecino de aire y llovizna generaba una imagen de neblina: otro motivo para la depresión o la tristeza.

    Pero, como diría la prensa de las postrimerías de los noventa, “los jóvenes manejan otros códigos”, y Verónica y los pequeños Romano eran capaces de exprimir gotitas de felicidad a partir de cualquier retazo de esa escena invernal, nocturna.

    O "sórdida", según podría haber escrito otro: yo mismo.

    La visión de la cola y los alerones de uno de los Dou-glas, donde las compuertas de mantenimiento exponían una maraña de varillas, tubos, cables y poleas, a cualquier adulto razonable le evocaría fósiles industriales, ruinas fa-7

    briles, bombardeos en Europa, efectos de la obsolescencia temprana y de infinidad de modalidades de dilapidación de riqueza y de la desaparición.

    Sobre quien viaja, ese conjunto funciona como una advertencia cifrada acerca de la precariedad del vuelo, los riesgos del turismo moderno y el fondo de terror que está apenas un paso atrás de las remanidas escenas de va-caciones. Pero a los chicos no: igual que su niñera estaban convencidos de asistir a un episodio mas del programa turístico, que, en este caso, podía tratarse de un es-pectáculo montado para anunciar la apertura de un nuevo campo de conocimiento geográfico: la tecnogeografía

    aeronáutica.

    Cerrándose en su mundo aparte, solo se distraían por instantes para devorar brownies y tartas de crema artificial

    y para provocar y prolongar diálogos con los mozos de servicio, ostentando un inglés que hablaban con tanto de-senfado y soltura como cualquiera de los cubanos o los hispánicos asimilados que componían el grueso del pasaje en tránsito hacia la costa oeste.

    Para Romano, la escenografía helada y lluviosa que les había dispuesto la península resultaba una mala señal, 8

algo deprimente.

    Mas deprimente resultaba ver a empleados americanos y hasta de raza blanca contando meticulosamente las mo-nedas de un cent, algo difícil de asimilar para quien llega desde un país donde lo mas barato que se puede comprar, un caramelo gomoso con esencia artificial de frutas,

    cuesta el equivalente a cinco cents, aunque hiciera mucho tiempo que el Estado no emitía monedas de tan ínfimo valor.

    En un barrio pobre de su país, cuando una compra de golosinas o cigarrillos no sumaba un múltiplo de diez centavos, el comerciante solía compensar la diferencia entregando un caramelo a modo de vuelto, y a veces sustituía la ofrenda con una sonrisa de inteligencia o de disculpa, porque hasta en los suburbios marginales regía el temor a que el cliente interpretase la entrega de un vuelto insignificante como una forma de desprecio: si un pobre obrero que compra la marca mas barata de cigarrillos en un negocio de mala muerte sintiese que lo confunden con uno de esos que vigilan el centavo, cuando el centavo tiene existencia virtual en los balances pero ca-rece de referente monetario en la circulación, podría ofenderse y no aparecer nunca mas por ese local. Primaba en la gente la certeza de que quien atiende al valor de una moneda que no existe, mas que su propio dinero, intenta 9

controlar las ganancias del otro.

    Y eso es lo que mejor define a una mala persona.

    En su país, para cualquier vecino, el cuidado en la ce-remonia de entrega de un vuelto era señal de que empezaban a considerarlo uno mas entre los indeseables del barrio:

    Alguien debe estar hablando mal de nosotros...

    ?Ella habrá empezado de nuevo a tomar sol en el jardín, en traje de baño y toda fregada de aceite de coco a la hora en que las viejas que vuelven de la feria..?

    ?Habría que pintar el frente..!

    Tengo que convencer a mi suegro de que arregle la vereda...

    ?Pero hoy en día hay que estar loco para pensar en mudarse..!

    ?Pero si yo no soy un miserable..!

    Para Romano, como para los obreros de los suburbios, la expresión “miserable” no aludía a quien padece miseria, sino al que afea la vida de los otros exhibiendo su 10

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