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UMBERTO ECO

By Evelyn Richardson,2014-08-11 22:03
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UMBERTO ECO

    UMBERTO ECO

    EL NOMBRE DE LA ROSA

    Traducción de Ricardo Pochtar

    EDITORIAL LUMEN

    EDICIONES DE LA FLOR

Umberto Eco El Nombre de la Rosa

    Indice

Naturalmente, un manuscrito

PROLOGO

PRIMER DIA

    Prima. Donde se llega al pie de la abadía y Guillermo da pruebas de gran agudeza

    Tercia. Donde Guillermo mantiene una instructiva conversación con el Abad

    Sexta. Donde Adso admira la portada de la iglesia y Guillermo reencuentra a Ubertino da Casale

    Hacia nona. Donde Guillermo tiene un diálogo muy erudito con Severino el herbolario

    Después de nona. Donde se visita el scriptorium y se conoce a muchos estudiosos, copistas y rubricantes así como a un anciano ciego que espera al Anticristo

    Vísperas. Donde se visita el resto de la abadía, Guillermo extrae algunas conclusiones sobre la muerte de Adelmo, y se habla con el hermano vidriero sobre los vidrios para leer y sobre los fantasmas para los que quieren leer demasiado

    Completas. Donde Guillermo y Adso disfrutan de la amable hospitalidad del Abad y de la airada conversación de Jorge

SEGUNDO DIA

    Maitines. Donde pocas horas de mística felicidad son interrumpidas por un hecho sumamente sangriento

    Prima. Donde Bencio da Upsala revela algunas cosas, Berengario da Arundel revela otras, y Adso aprende en qué consiste la verdadera penitencia

    Tercia. Donde se asiste a una riña entre personas vulgares, Aymaro d'Alessandria hace algunas alusiones y Adso medita sobre la santidad y sobre el estiércol del demonio. Después, Guillermo y Adso regresan al scriptorium, Guillermo ve algo interesante, mantiene una tercera conversación sobre la

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    licitud de la risa, pero, en definitiva, no puede mirar donde querría

    Sexta. Donde, por un extraño relato de Bencio, llegan a saberse cosas poco edificantes sobre la vida en la abadía

    Nona. Donde el Abad se muestra orgulloso de las riquezas de su abadía y temeroso de los herejes, y al final Adso se pregunta si no habrá hecho mal en salir a recorrer el mundo

    Después de vísperas. Donde, a pesar de la brevedad del capítulo, el venerable Alinardo dice cosas bastante interesantes sobre el laberinto y sobre el modo de entrar en él

    Completas. Donde se entra en el Edificio, se descubre un visitante misterioso, se encuentra un mensaje secreto escrito con signos de nigromante, y desaparece, en seguida después de haber sido encontrado, un libro que luego se buscará en muchos otros capítulos, sin olvidar el robo de las preciosas lentes de Guillermo

    Noche. Donde se penetra por fin en el laberinto, se tienen extrañas visiones, y, como suele suceder en los laberintos, una vez en él se pierde la orientación

TERCER DIA

    Entre laudes y prima. Donde se encuentra un paño manchado de sangre en la celda del desaparecido Berengario, y eso es todo

    Tercia. Donde Adso reflexiona en el scriptorium sobre la historia de su orden y sobre el destino de los libros

    Sexta. Donde Adso escucha las confidencias de Salvatore, que no pueden resumirse en pocas palabras, pero que le sugieren muchas e inquietantes reflexiones

    Nona. Donde Guillermo habla con Adso del gran río de la herejía, de la función de los simples en la iglesia, de sus dudas acerca de la cognoscibilidad de las leyes generales, y casi de pasada le cuenta cómo ha descifrado los signos nigrománticos que dejó Venancio

    Vísperas. Donde se habla de nuevo con el Abad, Guillermo tiene algunas ideas sorprendentes para descifrar el enigma del laberinto, y consigue hacerlo del modo más razonable. Después, él y Adso comen un pastelillo de queso

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    Después de completas. Donde Ubertino refiere a Adso la historia de fray Dulcino, Adso por su cuenta recuerda o lee en la biblioteca otras historias, y después acontece que se encuentra con una muchacha hermosa y temible como un ejército dispuesto para el combate

    Noche. Donde Adso, trastornado, se confiesa a Guillermo y medita sobre la función de la mujer en el plan de la creación, pero después descubre el cadáver de un hombre

CUARTO DIA

    Laudes. Donde Guillermo y Severino examinan el cadáver de Berengario y descubren que tiene negra la lengua, cosa rara en un ahogado. Después hablan de venenos muy dañinos y de un robo ocurrido hace años

    Prima. Donde Guillermo induce primero a Salvatore y después al cillerero a que confiesen su pasado, Severino encuentra las lentes robadas, Nicola trae las nuevas y Guillermo, con seis ojos, se va a descifrar el manuscrito de Venancio

    Tercia. Donde Adso se hunde en la agonía del amor, y luego llega Guillermo con el texto de Venancio, que sigue siendo indescifrable aun después de haber sido descifrado

    Sexta. Donde Adso va a buscar trufas y se encuentra con un grupo de franciscanos que llega a la abadía, y por una larga conversación que éstos mantienen con Guillermo y Ubertino se saben cosas muy lamentables sobre Juan XXII

    Nona. Donde llegan el cardenal Del Poggetto, Bernardo Gui y los demás hombres de Aviñón, y luego cada uno hace cosas diferentes

    Vísperas. Donde Alinardo parece dar informaciones preciosas y Guillermo revela su método para llegar a una verdad probable a través de una serie de errores seguros

Completas. Donde Salvatore habla de una magia portentosa

    Después de completas. Donde se visita de nuevo el laberinto, se llega hasta el umbral del finis Africae, pero no se lo puede cruzar porque no se sabe qué son el primero y el séptimo de los cuatro, y al final Adso tiene una recaída, por lo demás bastante erudita, en su enfermedad de amor

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    Noche. Donde Salvatore se deja descubrir miserablemente por Bernardo Gui, la muchacha que ama Adso es apresada y acusada de brujería, y todos se van a la cama más infelices y preocupados que antes

QUINTO DIA

    prima. Donde se produce una fraterna discusión sobre la pobreza de Jesús

    Tercia. Donde Severino habla a Guillermo de un extraño libro y Guillermo habla a los legados de una extraña concepción del gobierno temporal .

    Sexta. Donde se encuentra a Severino asesinado y ya no se encuentra el libro que él había encontrado

    Nona. Donde se administra justicia y se tiene la molesta sensación de que todos están equivocados

    Vísperas. Donde Ubertino se larga, Bencio empieza a observar las leyes y Guillermo hace algunas reflexiones sobre los diferentes tipos de lujuria encontrados aquel día

    Completas. Donde se escucha un sermón sobre la llegada del Anticristo y Adso descubre el poder de los nombres propios

SEXTO DIA

    Maitines. Donde los príncipes sederunt, y Malaquías se desploma

Laudes. Donde se elige un nuevo cillerero Pero no un nuevo bibliotecario

    Prima. Donde Nicola cuenta muchas cosas, mientras se visita la cripta del tesoro

    Tercia. Donde, mientras escucha el ?Dies irae?, Adso tiene un sueño o visión, según se prefiera

Después de tercia. Donde Guillermo explica a Adso su sueño

Sexta. Donde se reconstruye la historia de los

    bibliotecarios y se averigua algo más sobre el libro misterioso

    Nona. Donde el Abad se niega a escuchar a Guillermo, habla del lenguaje de las gemas y manifiesta el deseo de que no se siga indagando sobre aquellos tristes acontecimientos

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    Entre vísperas y completas. Donde en pocas páginas se describen largas horas de zozobra

    Después de completas. Donde, casi por casualidad, Guillermo descubre el secreto para entrar en el finis Africae

SEPTIMO DIA

    Noche. Donde, si tuviera que resumir las prodigiosas revelaciones que aquí se hacen, el título debería ser tan largo como el capítulo, lo cual va en contra de la costumbre

    Noche. Donde sobreviene la ecpirosis y por causa de un exceso de virtud prevalecen las fuerzas del infierno

ULTIMO FOLIO

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    NATURALMENTE UN MANUSCRITO

     EI 16 de agosto de 1968 fue a parar a mis manos un libro escrito por un tal abate Vallet, Le manuscript de Dom Adson de Melk, traduit en français d'après 1'édition de Dom J. Mabillon (Aux Presses de I'Abbaye de la Source, Paris, 1842). El libro, que incluia una serie de indicaciones históricas en realidad bastante pobres, afirmaba ser copia fiel de un manuscrito del siglo XIV, encontrado a su vez en el monasterio de Melk por aquel gran estudioso del XVII al que tanto deben los historiadores de la orden benedictina. La erudita trouvaille (para mi, tercera, pues, en el tiempo) me deparó muchos momentos de placer mientras me encontraba en Praga esperando a una persona querida. Seis

    días después las tropas soviéticas invadían la infortunada ciudad. Azarosamente logré cruzar la frontera austriaca en Linz; de allí me dirigí a Viena donde me reuní con la persona esperada, y juntos remontamos el curso del Danubio.

    En un clima mental de gran excitación lei, fascinado, la terrible historia de Adso de Melk, y tanto me atrapó que casí de un tirón la traduje en varios cuadernos de gran formato procedentes de la Papeterie Joseph Gibert, aquellos en los que tan agradable es escribir con una pluma blanda. Mientras tanto llegamos a las cercanías de Melk, donde, a pico sobre un recodo del río, aún se yergue el

    bellisimo Stijt, varias veces restaurado a lo largo de los siglos. Como el lector habrá imaginado, en la biblioteca del monasterio no encontré huella alguna del manuscrito de Adso.

     Antes dc llegar a Salzburgo, una trágica noche en un pequeño hostal a orillas del Mondsec, la relación con la persona que me acompañaba se interrumpió bruscamente y esta desapareció llevándose consigo el libro del abate Vallet, no por maldad sino debido al modo desordenado y abrupto en que se había cortado nuestro vinculo. Así quedé con una serie de cuadernillos manuscritos de mi puño y un gran vacío en el corazón.

     Unos meses más tarde, en Paris, decidí investigar a fondo. Entre las pocas referencias que había extraído del libro francés estaba la relativa a la fuente, por azar muy minuciosa y precisa:

     Vetera analecta, sive collectio veterurn aliquot operum & opusculorum omnis generis, carminum, epistolarum. diplomaton, epitaphiorum, &, cum, itinere germanico, adnutationibus aliquot disquisitionibus R. P. D. Joannis Mabillon, Presbiteri ac Monachi Ord. Sancti Benedicti e Congregatione S. Mauri. - Nova Editio cui aecessere Mabilonii vita & aliquot opuscula, scilicet Dissertatio de Pane Eucharistico, Azymo et Fermentato, ad Eminentiss. Cardinalem Bona. Subjungitur opusculum Eldefonsi Hispaniensis Episcopi de eodem argumento Et Eusebii Romani ad Theophilum Gallum epistola. De cultu sanctorum ignotorum, Parisiis. apud Levesque, ad Pontem S. Michaelis, MDCCXX1, cum privilezio Regis.

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     Encontré en seguida los Vetera Analecta en la biblioteca Sainte Geneviève, pero con gran sorpresa comprobé que la edición localizada difería por dos detalles ante todo por el editor, que era Montalant, ad Ripam P. P. Augustinianorum (prope Pontem S. Michaelis), y, ademús, por la fecha, posterior en dos años. Es inútil decir que esos analecta no contenían ningún manuscrito de Adso o Adson de Melk; por el contrario, como cualquiera puede verificar, se trata de una colección de textos dc mediana y breve extensión, mientras que la historia transcrita por Vallet llenaba varios cientos de páginas. En aquel momento consulté a varios medievalistas ilustres, como el querido e inolvidable Etienne Gilson, pero fue evidente que los únicos Vetera Analecta eran los que había visto en Sainte Geneviève. Una visita a la Abbaye de !a Source, que surge en los alrededores de Passy, y una conversación con el amigo Dom Arne Lahnestedt me convencieron, además, de que ningún abate Vallet había publicado libros en las prensas (por lo demás inexistentes) de la abadía. Ya se sabe que los eruditos franceses no suelen esmerarse demasiado cuando se trata de proporcionar referencias bibliográficas mínimamente fiables pero el caso superaba cualquier pesimismo justificado. Empecé a pensar que me había topado con un texto apócrifo. Ahora ya no podía ni siquiera recuperar el libro de Vallet (o, al menos, no me atrevía a pedirselo a la persona que se lo había llevado). Sólo me quedaban mis notas, de las que ya comenzaba a dudar.

     Hay momentos mágicos, de gran fatiga física e intensa excitación motriz, en los que tenemos visiones de personas que hemos conocido en el pasado (“en me retraçant ces details, j'en suis à me demander s'ils sont réels, ou bien si je les ai rêvés”). Como supe más tarde al leer el bello librito del Abbé de Bucquoy, también podemos tener visiones de libros aún no escritos.

     Si nada nuevo hubiese sucedido, todavia seguiria preguntándome por el origen de la historia de Adso de Melk; pero en 1970, en Buenos Aires, curioseando en las mesas de una pequeña librería de viejo de Corrientes, cerca del más famoso Patio del Tango de esa gran arteria tropecé con la versión castellana de un librito de Milo Temesvar, Del uso de los espejos en el juego del ajedrez, que ya había tenido ocasíón de citar (de segunda mano) en mi Apocalípticos e integrados, al referirme a otra obra suya posterior, Los vendedores de Apocalipsis. Se trataba de la traducción del original, hoy perdido, en lengua georgiana (Tiflis 1934): allí encontré con gran sorpresa, abundantes citas del manuscrito de Adso: sin embargo, la fuente no era Vallet ni Mabillon, sino el padre Athanasíus Kircher (pero, ?cuál de sus obras?). Más tarde, un erudito -que no considero oportuno nombrar- me aseguró (y era capaz de citar los indices de memoria) que el gran jesuita nunca habló de Adso de Melk. Sin embargo, las páginas de Temesvar estaban ante mis ojos, y los episodios a los que se referían eran absolutamente análogos a los del manuscrito traducido del libro de Vallet (en particular, la descripción del laberinto disipaba toda sombra de duda). A pesar de lo que más tarde escribiría Beniamino 1Placido, el abate Vallet había existido y, sin duda, también Adso de Melk.

     Todas esas circunstancias me llevaron a pensar que las memorias de Adso parecían participar precisamente de la misma naturaleza de los hechos que narran: envueltas en muchos, y vagos, misterios, empezando por el autor y terminando por la localización de la abadía, sobre la que Adso evita cualquier referencia concreta, de modo Que sólo puede conjeturarse que se encontraba en una zona imprecisa entre Pomposa y

     1 La Repubblica, 22 de septiembre de 1977.

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    Conques, con una razonable probabilidad de que estuviese situada en algún punto de la cresta de los Apeninos, entre Piamonte, Liguria y Francia (como quien dice entre Lerici y Turbia). En cuanto a la época en que se desarrollan los acontecimientos descritos, estamos a finales de noviembre de 1327; en cambio, no sabemos con certeza cuando escribe el autor. Si tenemos en cuenta que dice haber sido novicio en 1327 y que cuando redacta sus memorias, afirma que no tardará en morir, podemos conjeturar que el manuscrito fue compuesto hacia los últimos diez o veinte años del siglo XIV.

     Pensándolo bien, no eran muchas las razones que podían persuadirme de entregar a la imprenta mi versión italiana de una oscura versión neogótica francesa de una edición latína del siglo XVII de una obra escrita en latín por un monje alemán de finales del XIV.

     Ante todo, ?qué estilo adoptar? Rechacé, por considerarla totalmente injustificada, la tentación de guiarme por los modelos italianos de la época: no sólo porQue Adso escribe en latín, sino también porque, como se deduce del desarrollo mismo del texto, su cultura (o la cultura de la abadía, que ejerce sobre él una influencia tan evidente) pertenece a un periodo muy anterior; se trata a todas luces de una suma plurisecular de conocimientos y de hábitos estilísticos vinculados con la tradición de la baja edad media latína. Adso piensa y escribe como un monje que ha permanecido impermeable a la revolución de la lengua vulgar, ligado a los libros de la biblioteca que describe, formado en el estudio de los textos patrísticos y escolásticos; y su historia (salvo por las referencias a acontecimientos del siglo XIV, que, sin embargo, Adso registra con mil vacilaciones, y siempre de oídas) habría podido escribirse, por la lengua y por las citas eruditas que contiene, en el siglo XII o en el XIII.

     Por otra parte, es indudable que al traducir el latín de Adso a su francés neogótico, Vallet se tomó algunas libertades, no siempre limitadas al aspecto estilístico. Por ejemplo: en cierto momento los personajes hablan sobre las virtudes de las hierbas, apoyándose claramente en aquel libro de los secretos atribuido a Alberto Magno, que tantas refundiciones sufriera a lo largo de los siglos. Sin duda, Adso lo conoció, pero cuando lo cita percibimos, a veces, coincidencias demasiado literales con ciertas recetas de Paracelso, y, también, claras interpolaciones de una edición de la obra de Alberto 2que con toda seguridad data de la época Tudor. Por otra parte, después

    averigüé‚ que cuando Vallet transcribió el manuscrito de Adso,

    circulaba en Paris una edición dieciochesca del Grand y del Petit 3Albert, ya irremediablemente corrupta. Sin anbargo, subsiste la posibilidad de que el texto utilizado por Adso, o por los monjes cuyas palabras registró, contuviese, mezcladas con las glosas, los escolios y los diferentes apéndices, ciertas anotaciones capaces de influir sobre la cultura de épocas posteriores.

     Por último, me preguntaba si, para conservar el espíritu de la época, no seria conveniente dejar en latín aquellos pasajes que el propio abate Vallet no juzgó oportuno traducir. La única justificación para proceder así podía ser el deseo, quizás errado de guardar fidelidad a mi fuente... He eliminado lo superfluo pero algo he dejado. Temo haber

     2 Liber aggregationis seu liber secretorum Alberti Magni Londinium, juxta pontem qui vulgariter dicitur Flete brigge, MCCCCLXXXV. 3 Les admirables secrets d'Albert le Grand, A Lyon Chez les Héritiers Beringos, Frattes, a L'Enseigne d'Agrippa, MDCCLXXV' Secrets merveilleux de la Magie Naturelle et Cabalistiqug du Petit Albert, A Lyon, ibidem, MIKCXXIX.

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    procedido como los malos novelistas que, cuando introducen un personaje francés en determinada escena, le hacen decir “parbleu!” y “la femme, ah! la femme!”

     En conclusión: estoy lleno de dudas. No sé, en realidad, por qué me he decidido a tomar el toro por las astas y presentar el manuscrito de Adso de Melk como si fuese auténtico. Quizá se trate de un gesto de enamoramiento. O, si se prefiere, de una manera de liberarme de múltiples obsesiones.

     Transcribo sin preocuparme por los problemas de la actualidad. En los años en que descubrí el texto del abate Vallet existía el convencimiento de que sólo debía escribirse comprometiéndose con el presente, o para cambiar el mundo. Ahora, a más de diez años de distancia, el hombre de letra. (restituido a su altísima dignidad) puede consolarse considerando que también es posible escribir por el puro deleite de escribir. Así pues, me siento libre de contar, por el mero placer de fabular, la historia de Adso de Melk, y me reconforta y me consuela el verla tan inconmensurablemente lejana en el tiempo (ahora que la vigilia de la razón ha ahuyentado todos los monstruos que su sueño había engendrado). tan gloriosamente desvinculada de nuestra época, intemporalmente ajena a nuestras esperanzas y a nuestras certezas.

     Porque es historia de libros, no de miserias cotidianas, y su lectura puede incitarnos a repetir, con el gran imitador de Kempis: “ln omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro.”

    5 de enero de 1980

    NOTA

     E1 manuscrito de Adso está dividido en seis días, y cada uno de éstos en períodos correspondientes a las horas litúrgicas. Los subtítulos, en tercera persona, son probablemente añadidos de Vallet. Sin embargo, como pueden servir para orientar al lector, y como su uso era corriente en muchas obras de la época escritas en lengua-vulgar, no me ha parecido conveniente eliminarlos.

    Las referencias de Adso a las horas canónicas me han hecho dudar un poco; no sólo porque su reconocimiento depende de la localización y de la época del año, sino también porque lo más probable es que en el siglo xiv no se respetasen con absoluta precisión las indícaciones que San Benito había establecido en la regla.

    Sin embargo, para que el lector pueda guiarse, y basándome tanto en lo que puede deducirse del texto como en la comparación de la regla ordinaria con el desarrollo de la vida monástica según la describe Edouard Schneider en Les heures bénédictines (París, Grasset, 1925), creo que podemos atenernos a la siguiente estimación:

    Maitines (que a veces Adso llama también Vigiliae, como se usaba

    antiguamente). Entre las 2.30 y las 3 de la noche. Laudes (que en la tradición más antigua se llamaban Matutini).

    Entre las 5 y las 6 de la mañana, concluyendo al rayar el

    alba.

    Prima Hacia las 7.30, poco antes de la aurora.

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