DOC

Un acercamiento a Antonio Gramsci

By Calvin Riley,2014-08-11 22:03
8 views 0
Un acercamiento a Antonio Gramsci

     SINTESIS...GRAMSCI, MARXISMO, SOCIALISMO

El siglo XXI debe ser, para los intelectuales revolucionarios (ver nota al final), el siglo

    de Antonio Gramsci. Con esto no quiero decir que el futuro de la emancipación humana dependa de adorar al pequeño-gran pensador, repitiendo partes mutiladas de sus obras como si fueran rompecabezas e incluirlo en el panteón del pensamiento revolucionario junto a Marx, Engels y Lenin y alguno más, y colocando su cara en las banderas. No se trata de esto; se trata de todo lo contrario.

    El pensamiento de Antonio Gramsci se basó fundamentalmente en el lugar del cual el marxismo nunca debió salir: la realidad. No es relevante lo que Marx o Lenin dijeran

    sobre esto o lo otro, no se trata de tener exegetas de los textos "proféticos" que desentrañen el mensaje casi-evangélico de los "padres de la fe", sino de recuperar la tarea esencial que señalaba Marx en la undécima tesis sobre Feuerbach: no se trata de

    interpretar el mundo, se trata de transformarlo. Y para ello hay que huir de verdades

    apriorísticas, hay que analizar el contexto y la realidad concreta en la que operamos, independientemente de si ésta coincide o no con el modelo teórico en el que se movían los fundadores de la corriente de pensamiento del materialismo histórico. Se trata por tanto de mantener el marxismo vivo, esto es, cambiante, adaptable, en

    desarrollo. No se trata de dejarlo como estaba y adorarlo en estado momificado. Porque una momia (y hablando del marxismo hay ejemplos concretos muy elocuentes), aunque tenga una apariencia externa más o menos saludable, no deja de ser un muerto con nula capacidad para lo que nos interesa: la transformación radical de la realidad material. Síntesis de Antonio Gramsci

    AntonioGramsci nació en Alés, localidad de la isla de Cerdeña en 1891. Era el cuarto de los siete hijos de Francesco Gramsci y Peppina Marcias. Su infancia fue difícil: su padre fue encarcelado cuando Antonio tenía nueve años, lo que le obligó a abandonar los estudios y pasar a trabajar por una miseria al registro civil de Cerdeña, para ayudar a la supervivencia familiar. A la edad de tres años Antonio había sufrido una caída que le produjo una deformidad en su columna vertebral. Nunca creció más de metro y medio. Puede volver a estudiar tras la salida de la cárcel de su padre. En 1911 viajará a Turín gracias a una beca y se matriculará en la facultad de letras. Impresionado por la guerra de Libia y el ambiente político de las primeras elecciones por sufragio universal se afilia, en 1913, al Partido Socialista, donde coincidirá con militantes como Palmiro Togliatti, Tasca o Terracini. Se dedica a la actividad periodística en Grito do Popolo o Avanti, donde realiza la crítica teatral. En esta época está muy influido por el pensamiento neo-hegeliano y culturalista de Benedetto Croce.

    La Revolución Rusa causa una profunda impresión en el joven Gramsci. En dos artículos, Notas sobre la Revolución Rusa (Grito do Popolo, 29 abril de 1917) y La

    Revolución contra "El Capital" (Avanti, 24 de diciembre de 1917), Gramsci expone su

    visión sobre los acontecimientos que están protagonizando los bolcheviques y muestra que su posición está muy alejada de la postura de la II Internacional y el Partido Socialista, al que todavía pertenece. Los acontecimientos se precipitan y, aunque, tras una serie de detenciones, Gramsci se queda como único redactor de Grito do Popolo,

    decide abandonar esta publicación y fundar, en mayo de 1919, junto con sus camaradas Togliatti, Tasca y Terracini, la revista L’Ordine Nuovo, cuya línea editorial ya es completamente independiente de las posturas de la dirección del partido socialista. El propio Lenin manifiesta que concuerda con las posturas de L’Ordine Nuovo y lo

    recomienda como referencia a los revolucionarios italianos.

    En Enero de 1921 se funda el Partido Comunista de Italia (PCI), culminándose la escisión con los socialistas. Gramsci es miembro junto con Terracini del Comité Central desde el principio. La dirección del partido la ejerce Amadeo Bordiga, con el que Gramsci tiene profundas divergencias. La detención en 1923 de éste, coloca a Antonio Gramsci como máximo dirigente del comunismo italiano. Un año antes, en un Congreso de la III Internacional (en la que Gramsci siempre ocupó destacados puestos) conoce a Julia Schuch, con la que se casa y tendrá dos hijos, Delio y Juliano. En 1924 es elegido diputado. En 1926 sería elegido Secretario General del PCI, dando un giro a la línea de Bordiga y dedicándose a estructurar y preparar la oposición al fascismo de Mussolinni. En octubre de ese año, tomando como excusa un atentado contra el Duce, el gobierno fascista italiano disuelve los partidos de la oposición y elimina los últimos restos de democracia que pudieran quedar. El 8 de noviembre es apresado en su casa. Fue condenado a veinte años por delitos como "incitación al odio

    de clase". El fiscal Michelle Isgró, en conclusión de su requisitoria, declara que ?por

    veinte años debemos impedir a este cerebro funcionar?

    Ya en la cárcel sufre una extraña enfermedad, el morbo de Pott, que le traerá grandes

    sufrimientos. Padecerá además tisis y arteriosclerosis. Aun así, durante su confinamiento redactó su obra magna, los Cuadernos de la Cárcel, que constituyen una de las mayores aportaciones jamás hechas, a pesar de su lenguaje en momentos demasiado oscuro para conseguir evitar la censura carcelaria, al pensamiento revolucionario europeo y mundial. Gramsci morirá el 27 de abril de 1937 en una clínica de Roma. Su cerebro nunca dejó de funcionar.

     Síntesis de los debates en el marxismo

    La irrupción de Marx supuso un cataclismo para el pensamiento político del siglo XIX. El poner de manifiesto el hecho de que, en palabras de Engels en su panegírico ante la tumba de su amigo, "el hombre necesita en primer lugar, comer, beber, tener un techo y

    vestirse antes de poder hacer política, arte, ciencia, religión, etc.", cosa que parece

    obvia a primera vista, hizo tambalear las bases del culto a la Razón y a la Idea que venían del XVIII Ilustrado y que tuvieron su apoteosis con Hegel. La obra de Marx era demasiado innovadora y monumental para ser aprehendida por sus contemporáneos y, aún, para la generación siguiente. Sin embargo el mundo nunca fue el mismo después que Carlos Marx pusiera de manifiesto que la historia de la humanidad no es otra

    cosa que la lucha de los grupos sociales por la apropiación del excedente productivo,

    secreto que está detrás de las relaciones de poder, de la cultura y, en resumen, del conjunto de la organización social y de su desarrollo.

    La II Internacional obrera se constituye en París en 1889, seis años después de la muerte de Marx. Aunque su inspiración y razón de ser es la reivindicación del pensamiento de Marx (sobre todo a partir de 1891, cuando el principal partido de los que la conformaban, el SPD alemán, asume el Programa de Érfurt, de clara inspiración marxista y apadrinado por Engels), cosa que alejó a los partidos socialdemócratas de sus antiguos aliados bakuninistas de la I Internacional, este marxismo era más una declaración de intenciones que un apoyo en unas premisas políticas determinadas, pues la obra de Marx era poco conocida por los dirigentes socialistas y alguna obras fundamentales para la comprensión del marxismo eran inéditas

    Este marxismo revisionista provocará que empiecen a surgir "marxismos" a la medida de cada quién. En 1899 Eduard Bernstein (albacea testamentario de Engels) publica Las

    premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, que será el pistoletazo de

    salida de una corriente política calificada por sus adversarios como revisionismo. Para Bernstein el capitalismo de finales del XIX había evolucionado hasta llegar a una situación donde las crisis económicas eran cada vez más suaves, con lo que la perspectiva de Marx sobre una crisis general que hiciera sucumbir al sistema ya no era válida. Además la organización de los trabajadores había conseguido arrancar a la burguesía una mejora sustancial de sus condiciones de vida, con lo que Bernstein

    abogaba por continuar la línea reformista y de mejora de las condiciones vitales de los

    trabajadores en el capitalismo, dejando de lado la perspectiva revolucionaria de construcción de un nuevo sistema social, que además ya no se veía muy posible frente al nuevo capitalismo. Las posturas de Bernstein fueron minoritarias al principio, pero consiguieron influir en el laborismo inglés por la vía de la Sociedad Fabiana y acabarían siendo asumidas como líneas programáticas de la Internacional Socialista en 1945. Frente a esto la mayoría del SPD y la II Internacional, agrupadas en torno al dirigente alemán Karl Kautsky, le responden con lo que se acabaría llamando "marxismo

    ortodoxo": no sólo el socialismo era posible, sino que la historia desembocaba irremediablemente en él

    En 1859 Marx escribe su Contribución a la crítica de la Economía Política. En el

    famosísimo prólogo de esta obra Marx presenta su metáfora de base y supraestructura. La base de una sociedad serían el conjunto de las relaciones económicas, el modo de producción, donde los sujetos tendrían una situación u otra (o son propietarios de los medios de producción o son trabajadores), lo cual les coloca en una clases social u otra y hace que estén interesados en mantener el modo de producción social o sustituirlo por otro. La supraestructura estaría compuesta por el Estado, la cultura, el derecho, la religión, etc., es decir, todas las relaciones sociales no económicas. La supraestructura justificaría y mantendría la base y surgiría de ella, pero lo relevante serían las relaciones económicas entre las clases sociales. Todo lo demás sería secundario.

    Esta fue la interpretación que le dio el "marxismo ortodoxo" al Prólogo a la

    Contribución a la crítica de la Economía Política.Antonio Gramsci tendrá mucho que

    oponer a esta postura, que adolece de economicismo. Se desprecian las relaciones

    sociales que escapen del ámbito directamente económico.

    Esta visión economicista se vio confirmada para Kautsky por La subversión de la

    ciencia de Eugene Dühring (conocido como Anti-Dühring), publicado por Engels en 1878. Aquí, de nuevo se vuelve a hacer hincapié en que las relaciones económicas,

    como motor de las relaciones sociales, dejando en un segundo término (aunque nunca negando su influencia en lo real, si se lee bien la obra) el poder político y la violencia, elementos que para Dühring (quizás el último representante del socialismo utópico) son los determinantes esenciales y, en última instancia, los que acabarán definiendo las relaciones económicas. No hay que olvidar que Engels escribe esta obra en respuesta a las reflexiones de Dühring, que empezaban a tener una basta influencia en el SPD y a alejarlo de la clase obrera y sus condiciones reales de vida. Quizás esto hizo que Engels volcara demasiado la balanza hacia la economía; Engels siempre tiene una postura con un matiz más economicista, más determinista, como se verá en la Dialéctica de la Naturaleza, que Marx.

    Siguiendo estas premisas economicistas (hay que señalar que Bernstein tampoco se movió un ápice del economicismo, suavización de las crisis económicas) Kautsky se fija en la estructura económica del capitalismo. La expansión de las relaciones capitalistas y la dinámica de concentración del capital hacen que el proletariado sea cada vez más numeroso y esté situado en instalaciones fabriles más grandes, lo que facilita su organización. El capitalismo llevará al socialismo, generando, en palabras de Marx en El Manifiesto Comunista, a su sepulturero: la clase obrera. Kautsky plantea esperar, organizar a los proletarios hasta el momento que, una vez conseguida la reivindicación de sufragio universal, se llegue al poder por la vía electoral y se proceda a la expropiación de los capitalistas. Si sólo nos fijamos en la economía, todo estaba hecho. El revolucionario sólo tenía que esperar a que la historia pusiera a cada uno en su lugar. Esta postura, pese a ser, mayoritaria en la Internacional, encontró resistencias desde lo que se empezó a llamar el "marxismo revolucionario", es decir, aquellos sectores del

    pensamiento socialista que rechazaban tanto la presunta inmortalidad del capitalismo como la posibilidad de derribarlo sin un estallido revolucionario. En estas posiciones encontramos (con matices e incluso confrontaciones entre ellos) a la germano-polaca Rosa Luxemburg, que postulaba que el capitalismo no podía subsistir como único sistema mundial y que, caso de no realizarse la revolución proletaria, tendría un final objetivo que desembocaría en una era de barbarie.

    Lenin, que sería máximo dirigente de la primera revolución socialista triunfante de la historia tiene, al principio de su trayectoria, unas posiciones políticas muy cercanas a lo planteado por Kautsky, debido sobre todo a la influencia del pensador ruso Plejanov, uno de los pioneros en la introducción del marxismo en el imperio de los zares. Sin embargo, después de empezar a analizar la realidad concreta de su país empiezan a planteársele dudas con respecto al esquema cerrado y simplista de Kautsky. Lenin partió de las posturas económicas de Rudolf Hilferding, dirigente revisionista alemán, seguidor en lo político de Bernstein. El capitalismo mercantil (que es al que Marx se enfrenta en sus análisis) habría evolucionado por dinámicas de concentración. hacia un capitalismo monopolista, de grandes empresas con un poder de mercado enorme. Simultáneamente los beneficios empresariales se habrían reducido debido a la caída tendencial de la tasa de ganancia (para Lenin, la ley fundamental de la Economía

    Política), descrita por Marx. Esta ley afirma que según aumenta la inversión en capital productivo cada unidad adicional invertida da una menor rentabilidad. La causa de esto es que, en los ciclos de reproducción del capital, el capital constante (lo invertido en

    maquinaria, materias primas, etc.) crece en mayor medida que el capital variable (lo

    que se dedica a contratar obreros), siendo este último el único capital del que se saca la ganancia a través de la extracción de plusvalía a la mano de obra.

    Esto último hacía que el capital tuviera que buscar otros lugares para invertir, donde el capitalismo estuviera menos desarrollado y, al haber mucho menos capital invertido, la ganancia obtenida como retorno fuera mayor. Esta sería la explicación económica del imperialismo depredador existente en la segunda mitad, y sobre todo en los últimos años del XIX y que acabaría en la I Guerra Mundial.

    Para Lenin las consecuencias de este nuevo capitalismo imperialista (capitalismo parasitario o capitalismo agonizante) para la praxis revolucionaria eran esenciales. En primer lugar, el hecho de que la búsqueda de beneficios se hubiera redireccionado hacia las colonias había provocado, junto con el mayor nivel de organización y lucha de los trabajadores, que en los países del centro las condiciones de vida de la clase trabajadora tuviera una cierta mejora, constituyéndose una suerte de "aristocracia obrera" cuyo impulso revolucionario estaría prácticamente diluido y constituirían la base social natural del reformismo. Esto es una primera ruptura con el determinismo economicista de Kautsky.

    En segundo lugar e interconectado con esto, Lenin ve más factible la toma del poder por parte de las fuerzas revolucionarias y la subsiguiente construcción del socialismo en un país que no hubiera alcanzado un alto nivel de desarrollo capitalista (como era el caso de Rusia, que es lo que él analiza) que en un Estado del centro capitalista (Alemania o Inglaterra), pensaba que la cadena imperialista se rompería primero por un "eslabón débil". Esto le parecía un anatema a la ortodoxia kautskiana. En un país como Rusia, con un proletariado poco numeroso y mal organizado ?cómo se iba a construir el socialismo o plantearse meramente la toma del poder en ausencia del proletariado, la clase cuya misión histórica es justamente esa? Lenin contestaba que había que buscar una alianza entre el proletariado industrial de las grandes ciudades y los campesinos. Esta alianza constituiría una mayoría social capaz de derribar los pilares del imperio zarista, tarea que además, la débil burguesía rusa no estaba en condiciones de acometer. Esto, desde la perspectiva de Kautsky era imposible. El campesinado era una clase arcaica, propia del feudalismo, interesada en la propiedad de la tierra y no en la construcción de una sociedad sin clases ni Estado. En Rusia no se podía construir el socialismo (poco importa que el propio Marx tuviera al final de su vida alguna manifestación sobre lo el país de los zares indicando que se daban unas condiciones que podían ser propicias para un proyecto emancipador).

    Los propios socialistas rusos tampoco las tenían todas consigo con respecto a lo que planteaba Lenin. El POSDR (Partido Obrero Social Demócrata Ruso) se dividió en su congreso de 1903 celebrado en Bruselas y Londres entre los que apoyaban a Lenin, los bolcheviques (que significa hombres de la mayoría) y los mencheviques (hombres de la minoría). Estos últimos, instalados en la ortodoxia de la II Internacional, planteaban que los socialistas debían, en un país atrasado como el imperio de los zares, apoyar la revolución burguesa y dejar que ésta, con el tiempo, desarrollara el capitalismo, lo cual llevaría, lenta y tranquilamente, al crecimiento numérico y organizativo del proletariado, que es la garantía de la llegada al poder (por la vía electoral, si seguimos a Kautsky) de las fuerzas revolucionarias. Lenin apostaba, por ganarse a los campesinos y establecer la dictadura democrática de proletariado como alternativa al sistema zarista en Rusia (las

    discordias entre bolcheviques y mencheviques tocaron otros puntos, como la estructura partidaria o el derecho de autodeterminación de los pueblos).

    Hubo, en este proceso un tercer grupo, muy minoritario en ese momento, pero que es imperativo destacar por su influencia posterior. Se trata de Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, y sus seguidores. Trotsky compartía con los bolcheviques su recelo ante la vía reformistas, electoralista y de dejar actuar a la burguesía de los mencheviques y defendía con Lenin la revolución. Trotsky, por otro lado, coincidía con lo mencheviques en la necesidad de un proletariado fuerte y estructurado (que no existía en Rusia) para plantearse siquiera la construcción del socialismo. Sin embargo no abogaba por esperar a que la burguesía llevara a cabo su presunta "tarea histórica". Adoptó y perfeccionó la teoría del socialista bielorruso aficando en Alemania, Alexander Parvus (pseudónimo de Alexander Israel Lazarevich Gelfant): La Revolución Permanente. Según esto, el

    proletariado de un Estado con capitalismo no desarrollado, como Rusia, podía, apoyándose en el campesinado en un principio, dar el impulso inicial al proceso revolucionario, pero para que éste se mantuviera en el tiempo era necesaria la internacionalización inmediata de la revolución y la entrada en escena de los proletarios de los países del centro, verdadera clase revolucionaria y socialista. En última instancia tenía el mismo esquema que Kautsky, sólo que miraba el parámetro de maduración necesaria del capitalismo a nivel internacional y no estatal.

    Estas discusiones estuvieron, como es sabido, lejos de quedarse en disputas bizantinas entre pensadores diletantes. Las revoluciones rusas (1905 y febrero y octubre, por el calendario oriental, de 1917) acabaron dando la razón, al menos a priori a Lenin. A finales de 1917, los soviets, consejos de obreros y campesinos, acababan sustituyendo a las instituciones burguesas de febrero como órganos máximos de poder en el imperio zarista. El congreso de los soviets, mayoritariamente bolcheviques, acuerda la disolución del gobierno liberal de Kerensky, culminada con la toma del Palacio de Invierno de Petrogrado, sede del gobierno. El nuevo órgano ejecutivo es el Consejo de

    Comisarios del Pueblo, presidido por Lenin. La alianza entre obreros y campesinos es el pilar fundamental del nuevo estado soviético, plasmado incluso en el nuevo escudo del país, la hoz (campesina) y el martillo (proletario).

    Sin embargo entre los nuevos revolucionarios los debates vividos en el seno de la II Internacional aún seguían vivos y tenían una importancia muy grande, sobre todo ante la tarea de la construcción del socialismo en un Estado de tamaño continental. Los bolcheviques habían llegado al poder con la consigna de "Pan y paz", lo que les

    permitió obtener el apoyo de las masas campesinas, hastiadas de enviar a sus jóvenes al calamitoso frente de guerra en un conflicto que no entendían. Tras la revolución los nuevos dirigentes rusos se ven en la tesitura de pactar con Alemania las condiciones del armisticio. Algunos, como Bujarin, se niegan. El dirigente soviético aboga por seguir el conflicto y lanzar un ataque contra Alemania, que sería apoyado por el proletariado alemán. Esto era coherente con la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky, que se había incorporado al partido bolchevique junto con su grupo en 1917, y proponía internacionalizar el conflicto y apoyarse en el proletariado de los países desarrollados para poder construir el socialismo. Lenin se opone a Trotsky y Bujarin en esto, lo primero es garantizar la alianza con los campesinos en Rusia y acabar por ello con la guerra, como se había prometido. El 22 de marzo Trotsky, como comisario de relaciones internacionales, firmará, a regañadientes, el tratado de Brest-Litovsk con Alemania.

    No fue este el último debate. En 1921, una vez acabada la guerra civil que enfrentó a las fuerzas revolucionarias contra el ejército blanco que pretendía el retorno al sistema zarista bajo el mando del general Denikin, se pasó del modelo de "comunismo de guerra

    a la Nueva Política Económica (NEP). Este modelo consistía básicamente en mantener

    ciertos ámbitos de relaciones capitalistas (con pequeñas empresas que competirían contra las estatales) dejando la industria pesada en manos estatales y fomentando el cooperativismo (los koljoses) en el ámbito agrícola, donde también subsistiría una

    pequeña propiedad privada minifundista. Esta política obviamente no era idéntica al modelo socialista que habían concebido los revolucionarios. Alrededor de ella también hubo una polémica entre los bolcheviques. Bujarin propugnaba pasar un largo periodo de NEP, desarrollando las fuerzas productivas y generando un proletariado digno de tal nombre, sujeto de construcción del socialismo. Trotsky, apoyado por Zinoviev, Kamenev o Preobayensky, en la llamada oposición de izquierdas, se oponía a la NEP (pese a que en 1920 haya defendido una fórmula similar), llamando a la colectivización de tierras, la industrialización rápida y la búsqueda del apoyo en el proletariado de las naciones desarrolladas para el inminente conflicto socialismo-capitalismo. De nuevo el centro del debate es el desarrollo de las fuerzas productivas. De nuevo la existencia o inexistencia de un proletariado desarrollado. De nuevo economicismo.

    Lenin murió en 1924. Después de esto el socialismo en la recién nacida URSS se ve huérfano. Lenin fue toda su vida un táctico, planteaba tareas a corto plazo, apropiadas para superar los escollos que iban surgiendo en la toma de poder o la construcción del socialismo. Le faltó, quizás, una sistematización general de su pensamiento. Las categorías Gramscianas y la supraestructura

    Después de ubicarnos en lo que se estaba debatiendo en el ámbito del marxismo antes de Gramsci (debates que eran de una importancia crucial por su conexión directa con la experiencia revolucionaria rusa), vemos qué dice Gramsci a todo esto y si sus posiciones sirven para aclarar algo sobre la experiencia socialista.

    El Estado había sido visto en la tradición marxista, por influencia de Engels básicamente, como violencia de clase organizada. Es decir, la clase dominante de la

    sociedad que, gracias a su posición privilegiada en el sistema productivo, se apropiaba de la inmensa mayoría de la riqueza social, del excedente productivo, montaría una maquinaria formal de normas que le permitiera realizar esto de forma estructurada y unas fuerzas represivas (ejército, policía, sistema judicial, etc.) que garantizarían el cumplimiento de dichas normas. En resumidas cuentas, el Estado sería la alineación política de la sociedad, una parte del todo social se separa del conjunto y ejerce la violencia contra el resto para garantizar su dominación.

    Esto, para Gramsci, era también evidente; la violencia cumple un papel destacado en el

    capitalismo, no sólo en su origen, en la acumulación originaria del capital, como han llegado a aceptar algunos, sino durante todo el desarrollo del sistema; circunstancia que, por lo demás, sería común a cualquier otro sistema clasista. Lo que ocurre es que Gramsci incluye en el análisis y formaliza en lo conceptual otro mecanismo de mantenimiento sistémico adicional a la coacción derivada de la violencia estatal: el

    consenso.

    Todo sistema, incluidos los sistemas de organización social, tiene según Baruch de Spinoza, la tendencia a permanecer tal cual está. Para ello desarrolla mecanismos que le permeabilicen de la destrucción y el cambio. Esta es la función que en los animales tiene el instinto de conservación. La demostración de la existencia de estos mecanismos,

    pese a ser una demostración simplista y funcional, es que el sistema permanece existiendo, en su ausencia no habría ya tal sistema; y esto no por ser una tautología es menos cierto.

    Así, junto a los aparatos represivos estatales, administradores de coacción, estarían los

    llamados (en una categorización utilizada por Louis Althusser, que, por otra parte, parece errado en muchas de sus conclusiones) aparatos ideológicos, buscadores de

    consensos. Estos aparatos estatales, los medios de comunicación de masas, la religión o el sistema educativo (y son Estatales en cuanto a su función, independientemente de si su titularidad es pública o privada) buscarían inocular en los grupos sociales potencialmente disidentes, es decir, aquellos que no son los beneficiarios directos de una determinada organización social, la idea de que el sistema social dado es el más acorde con sus intereses, el más justo, el mejor posible. Cuando no funcionaran con suficiente fuerza, por un contexto de crisis o por una especial resistencia de los grupos disidentes, sería el turno de los aparatos represivos.

    Gramsci distingue, dentro de la supraestructura ,que, para él, es algo mucho más

    complejo que un mero apéndice del aparato productivo como decían los economicistas, dos niveles: por un lado estaría la sociedad política, el Estado en sentido estricto (parlamento, ejecutivo, etc.) donde operarían los aparatos de gestión estatal, los que definen las normas jurídicas de convivencia social y por otro la llamada sociedad civil, compuesta por todas las relaciones sociales no económicas que no están, a priori, dentro del campo de lo político. Este es ámbito natural de actuación de los aparatos ideológicos, que trabajan incansablemente en la construcción de un consenso social compatible con

    el sistema político-económico establecido, fabricando un código moral determinado (una lista de qué es lo bueno y qué es lo malo), explicando la historia a su manera, haciendo, incluso, una producción científica orientada a los intereses y la visión del mundo del grupo social dominante. Así vemos como la religión que invitaba a la mansedumbre, a aguantar estoicamente las penalidades de la vida diaria en espera de una recompensa en el mundo futuro post-mortem, y cumplió un papel esencial (y sigue teniendo una importante influencia) en procurar que los oprimidos no se rebelaran contra las injusticias del sistema social.

    Pero, estos aparatos estatales, no son una mera correa de transmisión de la clase

    predominante. Pueden desarrollar, durante su desenvolvimiento en la sociedad civil, unos intereses propios, que en determinados momentos pueden colocarles en una posición distinta a la defendida por el propio Estado-gestor y la clase hegemónica. Así

    vemos como en momentos determinados las iglesias se han opuesto a los aparatos políticos que tienen que legitimar o los ejércitos han intentado controlarlos. La autonomía relativa de los aparatos estatales (tanto de los ideológicos como de los represivos) ya es vislumbrada por Marx en obras como El 18 Brumario de Luis

    Bonaparte de 1852 e incluso La Guerra Civil en Francia de 1850, en las que maneja

    muchos de los conceptos que Gramsci formalizará y desarrollará más tarde. Esto último también supone una ruptura con visiones simplistas de la sociedad que tenían pretendidos marxistas antes de Gramsci (y repetimos que esta lucha contra el

    simplismo es lo que va a caracterizar su vida y su obra intelectual). El que la acción de los aparatos estatales no tenga que ser necesariamente una respuesta mecánica a los intereses inmediatos de la clase dominante, sino una actuación general para garantizar la continuidad de su dominio complejiza de nuevo el escenario supraestructural y tiene una influencia esencial en el planteamiento de una actividad revolucionaria.

     .

    El esquema del marxismo ortodoxo de Kautsky, observando la base económica decía lo siguiente: el proletariado está interesado objetivamente en el socialismo. Esto es verdad,

    la clase proletaria, excluida de los medios de producción y por tanto del excedente productivo mejoraría su situación en un sistema económico-político donde los medios de producción fueran de titularidad social y el excedente se repartiera equitativamente. Por tanto, decía Kautsky, esperemos a que el proletariado sea mayoría social, es decir, que el propio capitalismo haga que la inmensa mayoría de la población sean obreros industriales, y ya estará todo hecho.

    La experiencia histórica dice lo contrario. En un gran número de Estados en donde el proletariado era muy mayoritario el capitalismo siguió tranquilamente, no se vislumbró ni de lejos un panorama de transformación socialista. La explicación a esto puede ser la que le dio Hilferding, y luego recogió Lenin: el imperialismo ha aumentado el nivel de explotación de las colonias y reducido el de las metrópolis, precisamente donde el capitalismo está más desarrollado y hay más proletarios, generando, en ellas, una capa de obreros con unas condiciones de vida privilegiadas: una aristocracia obrera. Pero,

    aún así, esta aristocracia obrera, pese a estar mejor, seguiría estado objetivamente interesada en el socialismo. Tiene que haber otra explicación complementaria a la meramente económica.

    Y, esa explicación es que la aristocracia obrera había sido ganada para el consenso

    socialmente hegemónico. Los aparatos de dominación habían funcionado bien: en el

    ámbito académico, incluso en el ámbito académico pretendidamente socialista, surgían pensadores como Bernstein que negaban la viabilidad del socialismo. Se agitaban presuntos enemigos exteriores (en el caso de Alemania la Rusia zarista) que invitaban a identificarse a los obreros con un Estado que no es el suyo. Se propagan las ventajas del capitalismo como generador de empleo en tiempos de bonanza, lo cual es el interés de los obreros: trabajar, y con ello se diluyen las voluntades revolucionarias, los sindicatos se niegan a la huelga general que pondría en peligro su posición, es decir, apuestan por la continuidad del sistema (ver el ensayo de Rosa Luxemburgo Huelga de masas,

    partido y sindicatos de 1906). No se quiere decir que las condiciones económicas no sean relevantes, el sector de los grupos potencialmente disidentes que es ganable para el consenso hegemónico es, obviamente, aquel que es menos perjudicado objetivamente por el sistema. Lo que ocurre es que las condiciones económicas no actúan como determinante absoluto. Y además, pese a algunos, Marx nunca dijo semejante cosa. Esto tiene consecuencias enormes: las clases sociales no tiene por qué actuar de acuerdo a sus intereses objetivos. Y no lo hacen no porque no puedan, porque sean más débiles

    de lo debido, sino porque no quieren. Esto hay muchos revolucionarios que no lo han comprendido: por ejemplo la Unión Comunista (liderada por el dirigente de la IV internacional Barta y antecedente histórico del partido francés Lucha Obrera) llamaba, durante la ocupación nazi de Francia, a confraternizar con los soldados nazis, que provenían de la clase obrera, mientras criticaba al PCF por participar en la resistencia partisana, que era obviamente interclasista, que incluía a sectores burgueses enfrentados al nazismo. No veían que esos soldados nazis habían sido ganados para el consenso hegemónico del fascismo alrededor del fetiche de la patria y la raza aria. Así nos encontramos con ejemplos históricos de grupos obreros, compuestos por proletarios que no sólo no trabajan por el socialismo, sino que luchan franca y abiertamente contra él. El ejemplo paradigmático es el sindicato polaco Solidaridad. Para el llamado "marxismo ortodoxo" esto es imposible y, además, un anatema. Según Gramsci la clase dominante, es decir, aquella que impone al conjunto social su modelo político-económico, es gracias a los aparatos de dominación ideológica, además clase dirigente. Agrupa en su entorno a diversos grupos sociales (clases enteras o capas de otras clases) alrededor de un consenso hegemónico. La hegemonía es el

    concepto central de Gramsci, también de Lenin, aunque no la categorizara. Una clase, en el sistema capitalista, la burguesía, consigue anular la disidencia, no impidiendo la actuación de los grupos disidentes, sino eliminando a estos grupos al conseguir negar los posicionamientos ideológicos que les aglutinan. Es interesante observar la distinción que hace Gramsci entre ideas, como representaciones mentales de la realidad de los

    sujetos, e ideologías, que son representaciones idealísticas colectivas de un grupo

    social y que sólo existen en tanto en cuanto son grupales.

    La burguesía realiza esta labor esencial generando a sus intelectuales orgánicos. Aquí nos encontramos con otro concepto central de Gramsci: lo orgánico. El intelectual

    orgánico es aquel que está unido a su clase como si fuera una parte de un organismo vivo, es expresión de sus intereses y es reconocido por la misma como referente; opera en la sociedad civil a través de los aparatos ideológicos y buscan construir los consensos,

    ganando para su causa a los intelectuales que no están, a priori, identificados netamente con una clase y sus intereses objetivos. Gramsci coloca como intelectuales relevantes a los filósofos, literatos, artistas, y en el siglo XX con especial interés, a los periodistas (profesión que desempeñó durante su vida). Estos intelectuales serán la correa de transmisión hacia las clases o los grupos a los que perteneces o que les reconocen como propios de los elementos del consenso social que beneficia a la clase dominante, integrándolos en la normalidad sistémica.

    Así pues, se constituye, gracias a los consensos, lo que se denomina bloque histórico,

    compuesto por la clase dominante y aquellos grupos sociales de los que es dirigente. De este conjunto social se desprenderían orgánicamente el modelo estatal, el modo de producción y los paradigmas hegemónicos de la sociedad civil. Nos podríamos aproximar al bloque histórico como una totalidad social, como el resumen de la base y la supraestructura de un marco social dado. Hay que tener cuidado, esto no quiere decir que todos los grupos sociales del bloque histórico se identifiquen plenamente con todos los intereses de la clase dirigente. Ni mucho menos. El consenso se genera alrededor de puntos concretos y variará en función de un importante número de parámetros: el poder de la clase dominante por sí misma, qué grupo dentro de ella es el más importante, con qué clases o grupos está

Report this document

For any questions or suggestions please email
cust-service@docsford.com