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PADRE JUAN BONAL

By Bertha Lane,2014-08-11 19:02
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PADRE JUAN BONAL

    PADRE JUAN BONAL

Situación histórica

    El P. Juan Bonal vive a caballo de los siglos XVIII y XIX.

    Su vida transcurre entre el 24-VIII-1769 y el 19-VIII-1829. La podemos enmarcar en

    tres épocas históricas de España, presidida por tres reyes distintos. Primera época: Nace en el reinado de Carlos III: Es una época de cambios profundos. Hay

    1769-1788 paz, iniciativas reformistas, creadoras. A este período corresponden los 20

    primeros años de la vida del P. Juan.

    Aquí se sitúa su infancia y primera juventud, sus primeros estudios.

    Segunda Reina Carlos IV (1788-1808. Este período es casi tan convulsivo como el época: siguiente

    1789-1808 ; Se abre con la Revolución Francesa (1789).

    ; Se cierra con la guerra de la Independencia (1808-1809).

    Es la época en que realiza sus estudios universitarios (1789-1796), y hace

    tres oposiciones. Se le concede el grado de Magisterio en Reus (10-IX-1796).

    Su ordenación como presbítero, aunque no se puede confirmar la fecha

    exacta ?1799?. De diácono fue ordenado el 21 y 22-XII-1798.

    Fundación de la Congregación en Zaragoza (28-XII-1804).

    Los Sitios de Zaragoza (1808-1809) que incidieron decisivamente en la

    orientación de su vida en los años posteriores.

    A este período corresponden sus segundos 20 años.

    Tercera época: Este período viene marcado por

    1809-1829 ; La dominación francesa (21-II-1809 al 09-VII-1813) en que el General

    París abandona Zaragoza. El 03-VIII-1813, se rendían los sitiados de la

    Aljafería.

    ; El reinado de Fernando VII, que se caracteriza políticamente

     por intentos de cambios hacia la modernidad:

     Constitución de Cádiz de 1812.

     por períodos alternativos de monarquía absoluta y constitucional

     Absolutismo fernandino: 1814-1820.

     Trienio Liberal o Constitucional: 01-I-1820 al 26-VI-1823.

     Absolutismo fernandino, década ominosa: 1823-1833. En esta

    década muere el P. Juan Bonal (19-VIII-1829).

    A este período corresponden sus terceros 20 años.

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    En este marco de cambios y convulsiones políticas, Juan Bonal va a ser un apóstol de la CARIDAD, va a escribir una historia de amor, de entrega total a los más desvalidos. Seducido por Jesús, va a gastar su vida en amarle y hacerle amar, en ayudar a las gentes a ser mejores y más felices.

Datos de su vida

    Primera etapa

    Infancia: ?Qué podemos decir de su infancia? Muy poco. Nace en Terrades, en el Ampurdán (Gerona). Es el mayor de siete hermanos, por tanto el hereu. Y... casi nada más.

    Por los datos que se conservan en los libros parroquiales, crece en un hogar cristiano, de sanas costumbres, de vida sencilla, laboriosa y campesina. Parece que la posición económica de su casa es holgada. Cuando a los 20 años ingresa en la Universidad Sertoriana de Huesca, tendrá que haber realizado los primeros estudios básicos requeridos para entrar en ella, sobre todo de gramática y latín. ?Dónde los hizo? ?En su pueblo con los sacerdotes? ?En la próxima ciudad de Figueras? Es lo más probable.

    Segunda etapa

    A partir de los 20 años podemos seguir su trayectoria paso a paso.

    En 1789 lo encontramos en la Universidad Sertoriana de Huesca donde permanecerá dos años, hasta 1791, realizando los estudios de Filosofía. Obtiene el grado de Bachiller en esta materia.

    En estos años hace las primeras oposiciones para la cátedra de Gramática en Ripoll y Sampedor,

    “desempeñando en aquella los ejercicios literarios a satisfacción y aprobación de los

    examinadores, como igualmente en ésta, en la que se le confirió el magisterio, que

    renunció a los pocos meses por no abandonar su carrera” (MJB I, p. 110)

    Ningún dato tenemos más por haber sido destruido el archivo de Ripoll en la invasión francesa.

    En la Universidad de Huesca se distingue

    “por su aplicación y lucimiento en su curso; defendiendo y arguyendo varias veces en

    los actos públicos que todos los sábados se practican en dicha Universidad”

    “... mereció defender conclusiones públicas, y en atención a su mérito le costeó dicha

    Universidad los gastos de imprenta y la misma le condecoró ?omnino gratis? con el

    grado de Bachiller de esta Facultad”. (MJB I, p. 109).

    De 1792 a 1794, durante tres años, estudia Teología en el Colegio de los Padres Dominicos de Barcelona. Se exigía a los estudiantes, que juntaran, a la par, ciencia y conducta intachable.

    En 1975 lo encontramos en Zaragoza, cursando el cuarto año de Teología e Historia de la Iglesia.

    Cuando ya tenía 27 años (1796), terminados sus estudios, hace la tercera oposición en Reus, ante un tribunal de cinco miembros y numeroso público que, además del Ayuntamiento, presenció los exámenes. Entre todos los opositores se seleccionaron siete,

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    reconociendo, finalmente, como

    “aptos y capaces, especialmente al Rvdo. Jaume Serrotosa Pbro. por ser señor de avanzada edad, caracterizado por el estado del sacerdocio y experimentado en la enseñanza (se hallaba ya de maestro de Gramática en Vilaseca) y al Sr. D. Juan Bonal de conducta irreprensible” (Hna. M. Eguía: “P. J. Bonal”, p. 28).

    El 10-IX-1796 le confieren el grado de Magisterio y obtiene la preceptoría de Reus,

    donde desarrolla una intensa tarea educadora y apostólica.

    En 1797 son ochenta los alumnos que asisten a sus clases de Gramática. Los tenía

    que iniciar

    “en Latín, explicar las reglas, aclarar sus dudas y acompañarlos totalmente en el estudio, desarrollando en ellos el arte de la escritura, composición y exposición, etc., hasta que valorando sus progresos, los presente al Maestro (que era el mayor de los dos que habían aprobado las oposiciones), quien después de amplio examen, si los considera suficientemente hábiles, los admite en su clase”.

    De los Estatutos se deduce que la tarea más fuerte recaía sobre el Ayudante (en este

    caso el P. Juan). Aquí

    “el nombre de Ayudante, no... debe entenderse dependiente del Maestro, sí solamente

    del Ayuntamiento como el mismo Maestro, por concurrir en ellos las mismas circunstancias; y se les encarga muy estrechamente que vayan de común acuerdo y perfecta unión entre sí por lo que mira a la enseñanza y costumbres de sus discípulos”.

    En estos dos primeros años en Reus, se decanta abiertamente su vocación al

    sacerdocio.

    En 1798 recibe el subdiaconado y diaconado. Tiene ya 29 años y unos meses más

    tarde (no se sabe con certeza), es ordenado sacerdote.

    Tres van a ser los campos de su acción evangelizadora en Reus:

    la educación,

    el mundo del dolor -de los pobres- de la marginación,

    pastoral directa parroquial, como sacerdote.

    En el documento “Letras Comendaticias en favor de Mosen Juan Bonal”, el Presidente

    de la Ilma. Sitiada, D. Vicente Ximénez, sintetiza así su labor apostólica en Reus: “Que después de haber estudiado Teología en el precitado Colegio, hizo tercera oposición a la Cátedra de Gramática de la Villa de Reus, del mismo Principado; y atendidos sus brillantes ejercicios, se le confirió el Magisterio, en cuya Villa, además del desempeño completo de la enseñanza de la juventud, permaneció siete años, se ocupó con edificación del Público, según le permitían sus tareas, en visitar los encarcelados y enfermos del Santo Hospital, y en los últimos cinco años, que fue ya Sacerdote, además de los precitados y otros actos de Beneficencia, se dedicó a instruir niños desamparados y doncellas abandonadas, en exhortar, con frecuentes pláticas que hizo en una de las Iglesias de la misma Villa de Reus, al camino de la virtud, a la frecuencia de los Santos Sacramentos, en reprender vicios, cooperando otros piadosos Eclesiásticos de la misma población, resultándole de estos ejercicios un numeroso confesonario, que para desempeñarlo no perdonó fatigas y venció varios obstáculos que acostumbra a ofrecerse en tan santos ejercicios” (MJB I, p. 110).

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    Estas primeras experiencias marcaron con fuerza su vida.

    A su trabajo con los jóvenes en la tarea educadora une, pues, su labor pastoral en la parroquia, con un celo apostólico tan grande que las gentes se le volcaban en el confesonario. Tal era el poder de arrastre que tenía su persona y su palabra.

    Estando en Reus, conoce a D. Jaime Cessat, sacerdote de Valls, que trabajaba por despertar en las jóvenes la vocación de consagrar sus vidas, en el seguimiento de Jesús, al servicio de los enfermos, y niños abandonados, en los centros donde eran acogidos y donde la atención y asistencia a los mismos era muy deficiente.

    No fue un sacerdote contento con su “pequeña prebenda o cátedra”, un cura de “misa

    y olla”. En la calle y en el hospital, en la cárcel y en la parroquia se encuentra con los hombres de fe vacilante, necesitados de la luz de Dios, y con los pobres en sus distintas formas de desvalimiento, y “sintió que Dios le llamaba allí y... se entrega”. Descubre, así, en su camino

    a “los pequeñuelos del Evangelio...” y se despierta en su alma el torrente de la CARIDAD.

    Desde este momento “el lado menos amable de la sociedad, se convertirá en escenario de su

    vida”.

    No se dedicó a predicar preciosos sermones, sólo, sino que puso en juego toda su persona: su corazón y su palabra, sus manos y sus pies hechos entrega nueva por amor, cada mañana, a todos los necesitados que le salieran al encuentro. Es entonces cuando en su mente comienza a perfilarse la fundación de una institución de CARIDAD que abarcase y llegara a todas las necesidades y desvalimientos.

    Esta llamada de Dios hacia los pobres y la conciencia cada vez más fuerte de su vocación sacerdotal, le llevará a renunciar a su cátedra el 01-II-1803, al recibir del Sr. Arzobispo de Tarragona el nombramiento de Vicario, primero de Vinyols del Camp y, seguidamente, de Montroig del Camp. Aquí permanecerá nueve meses. El 02-III-1804, por acuerdo de la “Muy Illtre. Administración del Hospital General de la Santa Cruz de Barcelona”, le nombraron Vicario de dicho Hospital. El 24 de ese mes, el Arzobispo de Tarragona le da la licencia para pasar a la Diócesis de Barcelona. (Cf. Hna. M. Eguía: “P. J. Bonal”, p. 49).

    Una nota dominante que aparece ya en sus años de estudiante en Huesca, y que se irá afirmando más en años sucesivos, es la fidelidad al querer que el Señor le va marcando en

    su camino. Su vida será un continuo éxodo. Como hemos dicho ya, empieza por renunciar a

    su condición de “hereu”, sigue la renuncia a sus tres cátedras y seguidamente a su tierra, su lengua y a todo lo que constituía su entorno familiar, ausentándose de su Cataluña natal para venir a Aragón. Y aquí su despojo llegará a ser completo: se le aleja de los dos campos de acción pastoral que le habían traído a Zaragoza: la atención espiritual a las dos Hermandades de Zaragoza y Huesca, y a sus enfermos. A ellos estará dedicada desde este momento su vida, pero a distancia. Ya casi nunca volverá a ver sus rostros.

    Tercera etapa

    Movimiento hospitalario en Cataluña

    Un movimiento de concienciación para la atención y cuidado de los enfermos y niños abandonados en Hospitales, Inclusas y Casas de Misericordia, afloraba con fuerza en Cataluña en el s. XVIII y principios del s. XIX.

    Unos piensan en una organización más racional de los mismos.

    Otros ven en ellos un campo privilegiado para el ejercicio de la caridad. Sacerdotes y

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    seglares dan lugar al nacimiento de grupos, llamados Hermandades, dispuestos a consagrase de por vida al servicio, en estos centros, de los enfermos y niños con total gratuidad y en

    estrecha y única dependencia de las Juntas de dichos Centros.

    El P. Juan, desde la llamada insistente que Dios le hace en los pobres, se enrola, junto con D. Jaime Cessat, en este movimiento. Su amistad con D. Jaime seguirá desde Barcelona y, después, desde Zaragoza. Los dos sueñan con un ambicioso proyecto y ambos se dedicarán con gran celo a promover en los/as jóvenes del Principado vocaciones para realizarlo.

    Cuando el P. Juan llegue al Hospital de la Santa Cruz de Barcelona, se encontrará con grupos de jóvenes que dedican parte de su tiempo voluntariamente, y como compromiso cristiano, al servicio de los enfermos y niños de dicho Hospital y de su Inclusa. Entre estos jóvenes, está María Rafols. Ambos se encuentran y sus caminos convergen, como también sus preocupaciones y objetivos. En María Rafols ha despertado con fuerza el deseo de consagrar su vida al alivio de los pobres, de los que sufren y tienen necesidad de ayuda, de comprensión y de amor.

    A partir de este momento, y sobre la base de su vocación sacerdotal y evangelizadora, se descubren en el P. Juan tres facetas, que se conjugan y complementan en la medida que se lo permiten las circunstancias y especialmente la Ilma. Sitiada: Fundador, Pasionero, Limosnero-Veredero.

Padre Juan Bonal: Fundador

    Muy pronto manifestó el Señor la forma concreta con que quería llevar a la práctica lo que el Espíritu Santo había hecho nacer ya en los corazones de Juan Bonal y María Rafols. Esta intuición se hizo luz en la llamada que la Junta del Hospital Real y General de Ntra. Sra. de Gracia de Zaragoza, hizo a la Junta del Hospital de la Santa Cruz de Barcelona.

    Fundado por el Rey Alfonso V de Aragón, en 1425, el Hospital de Ntra. Sra. de Gracia abría sus puertas a todos los enfermos y desvalidos que se presentaban, de cualquier nacionalidad y creencias religiosas. La CARIDAD, de acuerdo al título que el Hospital ostentaba “Domus infirmorum urbis et orbis”, se ejercía con todos y en cualquier idioma que

    fuese solicitado. De hecho tenía que haber sacerdotes que supieran francés, italiano, vascuence, etc.

    Siempre se había mimado la asistencia a los allí acogidos, pero, desde finales del s. XVIII, la situación había cambiado totalmente. Imperaba el desorden y la relajación en él y, como consecuencia, la falta de atención que sufrían enfermos y niños era muy grande. La Sitiada, después de haberle fracasado otros intentos, solicitó al Hospital de la Santa Cruz, la ayuda de las Hermandades que estaban naciendo en dicho Hospital. Dicha Junta accedió a que su Vicario, Mosen Juan Bonal, con un joven catalán, se trasladase en septiembre de ese mismo año (1804) a Zaragoza.

    Llegado a la ciudad, se puso en contacto con el Presidente de la Sitiada, quien dio cuenta a la Junta de la propuesta que traía Bonal y acordó que se quedase en el Hospital el tiempo necesario para que pudiera darse cuenta de las necesidades que éste tenía.

    Más de un mes permaneció en él, visitando continuamente las salas y los distintos departamentos, observando atentamente para tener una visión real de las necesidades y poder preparar el personal que tenía que traer. La Sitiada le advirtió “que las necesidades de

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aquel Hospital irían en aumento y el trabajo sería duro”.

    La Junta, por su parte, examinó el Cuadernito que había presentado el P. Juan y el 24 de septiembre se firmaron los pactos. De momento se concertó la venida sólo de doce Hermanos. Más tarde, en noviembre, la Sitiada le escribe pidiendo, también, 12 Hermanas.

    A mediados de diciembre emprenden el viaje a Zaragoza. Las lluvias lo hicieron duro y pesado. Llegaron a la ciudad el 28 de diciembre de 1804. “Era de noche y diluviaba”.

    La Sitiada dispuso que saliese el Mayordomo al camino del Gállego, con los coches de los Regidores, a su encuentro, llegando al Pilar donde

    “juntas ambas Hermandades entraron en la Santa Capilla, hicieron oración,

    presentándose a Nuestra Señora pidiéndole la protección y amparo para desempeñar

    con caridad y fervor el destino a que venían”. (MJB I, p. 151).

    La Hermandad nació fuertemente enraizada en el Pilar, y a su sombra ha crecido. Por

    eso reza el manto dedicado por la Congregación a la Virgen: “Junto a ti nacimos,

    crecimos y estamos”.

    Desde el Pilar, toda la comitiva se encaminó hacia el Hospital. Allí les esperaba la Sitiada en corporación y un inmenso gentío que se había congregado en la Iglesia y en el gran patio central. El alborozo fue general. Sin embargo

    “no faltó una lengua maligna que, al subir la escalera principal las Hermanas,

    prorrumpió la imprecación siguiente: ??Así se rompieran las piernas antes de llegar

    arriba!?. Esto... indicaba el descontento de cierta clase de sirvientes... que no querían

    tener a la vista... testigos... de sus acciones” (cf. MJB I, p. 151).

    Dos años después, el 19-V-1807, las Hermanas se establecerán en el Hospital y Casa de Misericordia de Huesca conducidas por el P. Juan Bonal. Al año siguiente, en mayo de 1808, desaparecerá la comunidad de Hermanos.

Padre Juan: Pasionero

    Tras su establecimiento en Zaragoza, la Sitiada le adjudicó la plaza de Pasionero

    Penitenciario, del Hospital Real y General de Ntra. Sra. de Gracia, con el fin de que, al mismo tiempo que desempeñaba su labor pastoral junto al mundo del dolor, pudiera estar al frente de las Hermandades.

    Misión de los pasioneros en el Hospital era consolar

    “a los enfermos, por eso vivían con ellos, especialmente en los últimos momentos,

    recordándoles los trabajos que el Señor sufrió en su dolorosa Pasión. De aquí tomaron

    el nombre de Pasioneros.

    Su servicio era alterno y tan riguroso que, mientras duraba, no podían salir de las

    salas sin causa grave. Pasaban, pues, la vida con los enfermos. Convivencia íntima de

    la que surgió el interés por remediar las deficiencias que siempre existen en el cuidado

    de los pobres, interés que se vio recompensado con el afecto y simpatía que les

    profesaron las clases más humildes” (A. Baquero: “Bosquejo histórico del Hospital

    N.S.G.”, p. 29-30).

    D. Ignacio Tellechea, nos dirá, que el P. Juan venía ya amaestrado en este oficio por los servicios que había realizado en el Hospital de Reus. La persona, con y en su situación

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    concreta, será para él su gran preocupación. Llegar a su mundo interior y poner en él la luz y el consuelo de Dios, la esperanza que nace de la fe, su tarea. Y esto ahora con los enfermos, pero esta misma preocupación era la que en Reus le movía a darse sin medida a los niños y jóvenes que educaba, a las doncellas abandonadas, a los que llegaban a él en el confesonario, buscando paz. Por eso pudo hablarnos con tanta fuerza de la necesidad de acercarnos a las personas no sólo con los oídos abiertos, sino ante todo con el corazón: Acoger siempre, pero desde dentro, “con MUCHO amor”, volcando el corazón en la mirada y en la mano que se les

    tiende.

    El P. Bonal, en los tres primeros años de presencia en el Hospital, se dedicó con toda entrega a los enfermos, parturientas, tiñosos y niños abandonados que en él estaban. Fueron años de paz y trabajo. Ntra. Sra. de Gracia era un vasto edificio, bien dotado de rentas, con teatro anatómico y aplicación de terapias con los dementes que se estudiaban hasta en la Universidad de París. Era campo abonado para el ejercicio de la misericordia.

    Pero este clima de paz, pronto quedó roto por el chasquido de las bayonetas. La guerra estaba a las puertas.

    El 15 de junio de 1808, las huestes del General Lefebre llegan ante los muros de la ciudad, siendo rechazadas en las tres puertas: Carmen, Portillo y Santa Engracia. A partir de este momento, se pondrá a prueba la donación y entrega del P. Juan y de su pequeña Hermandad, al frente de la cual está María Rafols.

    El Hospital “urbis et orbis” abre sus puertas a la afluencia de heridos, que por

    momentos se multiplican. Nada se escatima y todo se da.

    El 31 de julio, se recrudeció el bombardeo y continuó el 1 y 2 de agosto. “Llovían los

    proyectiles...”, dicen los documentos. Desde el primer momento, pareció ser el Hospital el blanco.

    “Al tercer día hubo que desalojarlo y llevar toda la población doliente a la Lonja de la

    ciudad y a las Casas de la Audiencia” (M. Pano: “La condesa de Bureta”, p. 161).

    El traslado fue escalofriante. El derroche de abnegación, serenidad y heroísmo por parte de las Hermanas, con M. Rafols y P. Juan, desafiando la lluvia de balas y proyectiles, fue extraordinario. Los locos huyeron entre las llamas al ser incendiado el Hospital. Todas las medidas se rompen: crece el número de enfermos y de heridos de guerra.

    “Hay paisanos y militares..., franceses y españoles... También se rompen las medidas

    de la donación y de la entrega... Celo extraordinario es la palabra justa para Bonal” (cf.

    MJB I, p. XXI-XXII).

    Si antes de ser destruido el Hospital su presencia se multiplica pasando del Hospital General al de Granaderos, de éste al de San Felipe, después de quedar reducido a cenizas, todavía más. Los enfermos y heridos reclaman su presencia en las calles y en los distintos hospitales instalados con urgencia.

    Dice un documento firmado por D. Vicente Ximénez, el 20-II-1820:

    “Durante los dos Sitios trabajo D. Juan con un celo extraordinario en la asistencia

    de los pobres enfermos, militares y paisanos, del expresado Hospital General,

    concurriendo al mismo tiempo a administrar los Santos Sacramentos a 500 ó 600

    granaderos enfermos y heridos que estaban sin capellán y privados de la espiritual

    asistencia, colocados en el cuartel de Convalecientes, e igual beneficio prestó a 300 ó

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    400 militares en el hospital erigido en casa de la Señora Duquesa de Villahermosa”

    (MJB I, p. 111).

    Surgen nuevas necesidades. El Hospital, que perdió todo entre las llamas después de aquel fatídico día 4 de agosto, se vio sumido en una gran pobreza. “Los Señores Regidores se

    encuentran impotentes para acoger la avalancha de heridos”. (MJB I, p. XXII). No hay comida,

    y el P. Juan se lanza a la calle con varias Hermanas a pedir.

    “Se logró la recolección de cosas de importancia, de dinero, ropas y otros artículos,

    todos invertidos a mayor bien de los enfermos, militares y paisanos” (MJB I, p. 128).

    Son sus primeros pasos como limosnero, actividad a la que tantas horas dedicará

    después.

    Ante tanta muerte y tanto herido, su corazón se desgarra y trata de convencer de la necesidad de la paz. Es precisamente el Barón de Lejeune, francés, presente entre los sitiadores, quien describe con todo detalle este incidente en sus “Memoires du General

    Lejeune”:

    “Un día, uno de estos sacerdotes, de figura venerable, de porte majestuoso y de

    elevada estatura, avanzó hacia nosotros traspasando las trincheras del Arrabal,

    revestido con sus hábitos sacerdotales y llevando en la mano un crucifijo. Avanzaba

    con paso resuelto y grave, sin preocuparse de los peligros que le rodeaban. Su aspecto,

    lleno de confianza, era el de un hombre que inspirado por la voz de Dios dijese: ?Señor,

    sigo tus órdenes, desvía los perversos designios del enemigo?. Cuando estuvo lo

    bastante cerca de nuestras avanzadas para poderse hacer oír de ellos, se detuvo y

    pronunció con voz sólida y firme, en nombre de la religión, una exhortación

    conmovedora para que desistiéramos de atacar inútilmente una ciudad que la

    Santísima Virgen del Pilar tenía bajo su divino amparo. Varias veces se le invitó a que

    desistiese de la misión que tan valerosamente desempeñaba; pero él insistía en ella y

    sólo cuando oyó varios disparos hechos al aire en derredor suyo, determinó de alejarse

    de un auditorio tan mal dispuesto a escucharle y pudo entrar en la ciudad sin

    accidente” (MJB I, p. 10-11)

    El 14-VIII-1808, levantó el cercó el ejército francés y se retiró hacia el norte, para volver, bajo el mando del Mariscal Lannes, el 20 de diciembre. Dos meses duró el segundo Sitio. En la noche del 20 al 21 de febrero de 1809, se firmó la capitulación. El hambre y la peste fueron el enemigo más cruel. Llegó a faltar todo. Cercada duramente la ciudad, no hubo otra posibilidad para entrar alimentos y medicinas que las que lograba María Rafols en sus salidas arriesgadas al campamento francés. Zaragoza quedó reducida a un montón de escombros, con muchos cadáveres sin poder enterrar.

    Para Juan Bonal la guerra no terminó al firmarse las capitulaciones. Rendida la ciudad, la epidemia y el desencanto se adueñan del ambiente. Zaragoza vive momentos muy difíciles, donde todo escasea. La pobreza y la miseria aumentan día a día y el número de prisioneros en manos de los franceses es muy grande. El corazón del P. Juan no puede descansar y, en medio de grandes dificultades, mal comido y agotado, se multiplicará para llegar hasta ellos y llevarles su ayuda espiritual, comida, vestidos y consuelo. Cada día cruzará varias veces Zaragoza, desde el cuartel de Torrero, hasta el convento de San Lázaro, junto al Ebro, sin temor a los fríos, los hielos, el viento y el sol.

    “Dominada esta ciudad por las tropas de Napoleón y arrinconados por estas los

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    militares españoles en el convento de San Lázaro, sin haberles proporcionado los

    auxilios espirituales, sin embargo de las obligaciones de su empleo y la larga distancia

    de uno a otro Hospital, pasó casi diariamente por espacio de cinco meses a administrar

    los Santos Sacramentos a los nobles españoles enfermos constituidos en el

    mencionado Hospital, sin olvidarse de pedir limosna para mejorar su alimento y

    vestido, de modo que con la asistencia precitada, que fue mientras hubo enfermos,

    murieron unos asistidos según dispone nuestra Santa Madre la Iglesia, y los otros que

    alcanzaron salud, lograron el beneficio de las limosnas, y la mayor parte restituirse a

    sus Cuerpos o a sus casas” (MJB I, p. 128).

    Pero su atención a los prisioneros no terminó aquí:

    “Desde la entrada de los franceses hasta que salieron, se ha ocupado a favor de los

    prisioneros, pidiendo públicamente en las calles, puertas de las iglesias, con cuyas

    limosnas se calzaban, vestían, alimentaban y, con esto, algunos lograban fugarse”

    (MJB I, p. 13).

    Otro documento lo expresa así:

    “Que desde la entrada de las tropas de Napoleón a esta ciudad hasta que salieron, se

    ocupó con toda caridad en favorecer a los prisioneros españoles pidiendo

    públicamente para ellos en las puertas de las iglesias y por las calles y con las

    limosnas que recogían se calzaban unos, vestían y alimentaban otros, y por estos

    medios ayudaban a muchos a lograr su libertad; y se habilitaban para defender la

    justa causa, procurando por otra parte otros oficios caritativos a beneficio de los

    cautivos españoles, buscando personas que hablasen a su favor o haciéndolo por sí

    mismo, contribuyendo por este medio al alivio de muchos y, junto con las Hermanas de

    la Caridad, logró que dos españoles sentenciados a muerte quedasen libres”.

    Y sigue este mismo documento:

    “Que redimió a varios prisioneros, con sus cortos intereses, y buscó a este objeto

    cantidades prestadas de alguna entidad.

    Que por mucho tiempo pasó a confesar a los prisioneros enfermos conducidos de varios

    puntos al Hospital Militar de las tropas de Napoleón, hasta que logró se estableciesen

    dos religiosos para la asistencia y consuelo de los referidos.

    Que asistió a diferentes sentenciados y fue reprendido injustamente una vez por el

    gobierno intruso por el valor y fervor con que los animaba” (cf. MJB I, p. 128-129).

    En 1811 inicia su mandato la Sitiada afrancesada, bajo la presidencia del Obispo Fray Miguel Suárez de Santander. La injerencia en la vida de la Hermandad es total y llega a los detalles más pequeños. Quiere hacerse con el control de la misma y para ello aleja de la comunidad los dos timones que la dirigen: al P. Juan Bonal, a quien le prohiben confesar a las Hermanas y ocupar el cuarto del carpintero, que quedaba próximo a la comunidad, y a M. Rafols que quedó sometida a un ostracismo total y se la aleja del Hospital enviándola al Orcajo de Daroca con la ?excusa? de acompañar a una Hermana delicada.

    Restablecida la antigua Sitiada (12-VIII-1813), al retirarse los franceses, se le prohibe al P. Juan que hable con las Hermanas de “cosas de Hermandad” y, para separarlo de ella y

    del Hospital, agobiada la Junta por la penuria económica que éste sufría, “excitó su celo” para

    que saliera a pedir por la ciudad y los pueblos (Sit. 22-XI y 02-XII de 1813).

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    Ante esta actitud de la Junta que trata de una manera tan desconsiderada al P. Juan Bonal y a las mismas Hermanas, uno se pregunta ?por qué no dejaron el Hospital de Ntra. Sra. de Gracia y se fueron a otros hospitales que pedían con gran insistencia su presencia? Sólo una palabra justifica su respuesta: CARIDAD. Una CARIDAD vivida hasta el límite, hasta el heroísmo y que, desde los enfermos y niños, está exigiendo su permanencia para paliar sus sufrimientos y la extrema pobreza que padece el Centro. Y el P. Bonal aceptará el reto que le

    brindan y él, el profesor que ha ganado tres oposiciones, que es “teólogo, examinador sinodal

    de la Nunciatura Apostólica”, se prestará a convertirse en mendigo de los pobres del Hospital de Zaragoza. Pocas veces verá ya el rostro de sus enfermos, pero los llevará siempre en su corazón en el largo recorrido por los pueblos de aquella España rota y empobrecida por la guerra. Le cerrarán caminos pero él sabrá aprovechar todas las situaciones para abrir otros nuevos. En su nuevo oficio de limosnero, sabrá transformar las veredas en cauce para el

    anuncio de la Buena Nueva de Jesús.

     Padre Juan Bonal: Limosnero-Veredero

    Aquí empieza una nueva etapa de noche oscura, de humillaciones para el P. Juan, de desconfianzas y fiscalizaciones. Sus veredas se convertirán, en algunos momentos, en un verdadero calvario. Le contabilizarán hasta el último maravedí.

    El estado del hospital después de los Sitios, es de miseria y “el hambre de cada

    mañana no espera los cambios estructurales” (J.I. Tellechea).

    El P. Juan se lanza a la calle, junto con las Hermanas, a pedir. Será “el gran

    embajador de los pobres” durante los veinte años de vida que le quedan (1809-1829).

    En octubre de 1814, propone salir fuera de la ciudad, por los pueblos del Reino de Aragón. Es el limosnero integral:

    “mientras alargaba la mano para pedir hilazas o judías para sus pobres, él dejaba en

    el corazón de sus donantes bondad y luz”.

    En octubre de 1815, sale Ebro arriba: Rioja, Navarra, Vascongadas... Regresa el 6-VII-1816. Había pasado por unas 140 villas.

    En carta a la Sitiada, expone las motivaciones que le inducen a pedir:

    “Atendiendo que el primero y principal móvil de este objeto ha sido sacrificarse para

    bien de los pobres, sin atender las inclemencias de los tiempos y otros trabajos que

    gloriosamente se pueden sólo padecer mirando únicamente un objeto tan sagrado”

    (carta 8).

    Claramente expresa en estas palabras

    Una meta: el bien de los pobres.

    Un camino: el trabajo, el sacrificio.

    Un móvil: la caridad que transforma el servicio a los pobres en algo sagrado.

    Los itinerarios van ampliándose cada vez más:

    “Sólo ver el mapa de las ?veredas? asusta. Meterse en la historia, profundizando en

    ellas, causa admiración y asombro, recorriendo caminos por aquella España

    terriblemente empobrecida. Llena de miseria material y moral. Escribía poco el P. Juan,

    porque no tenía tiempo, pero si hubiera escrito su diario ?nos hubiese dejado un relato

    más negro y sangrante que el que, con sus pinceles, describiera Goya?”.

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