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MEASURE OF ASI & AMI IN SAMPLE OF SPANISH

By Corey Lawson,2014-08-09 11:13
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MEASURE OF ASI & AMI IN SAMPLE OF SPANISH

    El SEXISMO Y SUS CARAS: DE LA HOSTILIDAD A LA

    AMBIVALENCIA

    (Publicado en Anuario de Sexología 2005)

Maria Lameiras Fernández

    Universidad de Vigo

Resumen

    En la conceptualización de la cara más “moderna” del sexismo (Tougas et al., 1995;

    Swim et al.,1995) se considera que junto a los sentimientos negativos hacia las mujeres, que perviven de las formas más tradicionales de sexismo, convive la aceptación de valores igualitarios, socialmente deseables en aquellas sociedades que han evolucionado hacia posicionamientos más liberales. Lo que supone abordar su comprensión desde la dimensión

    social, considerando a las mujeres y los hombres como dos grupos homogéneos e independientes. Pero para comprender en su complejidad el nuevo sexismo Glick y Fiske (1996, 1999) defienden que para el estudio de éste es necesario incorporar parámetros explicativos que surgen de la dimensión relacional. Lo que implica que las relaciones entre

    los sexos no pueden ser articuladas exclusivamente desde una perspectiva intergrupal, y supone reconocer que frente a la visión de los sexos como grupos en un contexto social sometidos a fuerzas divergentes de independencia y autonomía, estos están necesariamente vinculados en un mundo relacional de fuerzas convergentes de dependencia y heteronomía. La combinación de estas fuerzas centrífugas y centrípetas son las que articulan la constelación de actitudes hacia los sexos y repercutirán tanto en el ámbito público/laboral como en el espacio interpersonal y afectivo-sexual.

Palabras Clave: Sexismo moderno, Sexismo Hostil, Sexismo benevolente.

Abstract

    The “modern” face of sexism (Tougas et al., 1995; Swim et al., 1995) combines two apparently contradictory elements. On the one hand we can find negative feelings towards women, like in traditional sexism, but, on the other hand there are positive feelings resulting

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    from a societal movement toward more egalitarian values. Most research has focused on the social dimension of sexism, considering women and men as two homogeneous, independent groups. To come to a better understanding of this “modern” sexism Glick and Fiske (1996, 1999, 2000) find it necessary to consider the relational dimension involved in this issue. This

    means that the relationship between sexes can?t be understood only from a social dimension and so the sexes are not only groups in a social context subjected to division forces of independence and autonomy, but at the same time they are involved in relationship of dependence and heteronomy. The combination of these opposing forces develop attitudes towards sexes and will have its effect in the workplace as well as in affective and sexual relationship.

Key Words: Modern sexism, Hostil sexism, Benevolent sexism.

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El sexismo y sus raíces sociales

     El sexismo se define como una actitud dirigida a las personas en virtud de su pertenencia a un determinado sexo biológico en función del cual se asumen diferentes características y conductas .

    Por un lado a través de los estereotipos “descriptivos” se establecen las características

    que describen a cada sexo. Características que nutren de contenido los conceptos de “masculino” y “femenino”, obviamente para definir y describir a hombres y mujeres. Así las masculinidad es asociada con características de dominancia, control e independencia y, la feminidad con atributos de sensibilidad, afecto y preocupación por el bienestar ajeno. En palabras de Lipovetsky (1997 p. 154) “si el hombre encarna la nueva figura del individuo libre, desligado, dueño de sí, a la mujer se la sigue concibiendo como un ser dependiente por naturaleza, que vive para los demás e inserta en el orden familiar”. Así frente al “yo” autónomo e independiente del hombre, a la mujer se la identifica con un “yo en relación”, es decir, con un yo desplegado hacia afuera que recibe su sentido y se alimenta de la vida emocional que mantiene con los “otros”, con los que necesariamente ha de convivir para alcanzar su sentido de la vida y bienestar. Esta dualidad que describe a los hombres desde la instrumentalidad y a las mujeres desde la expresividad (Parson y Bales, 1955) se ha materializado también en los conceptos antagónicos de masculino-agentic frente a femenino-

    communal (Bakan, 1966). Es definitiva, una poderosa caracterización que ejerce también su influencia en los procesos de identificación personal. Una dualidad además asimétrica, lo que supone que los rasgos asociados al polo masculino son valorados más positivamente. Lo que viene demostrado por el hecho de que las mujeres muestren mayor disposición a adscribirse características masculinas y ser por ello menos censuradas socialmente que los hombres que se adscriben a características femeninas (Bonilla y Martinez-Bencholl, 2000).

    Por otro lado los estereotipos “prescriptivos” hacen referencia a las conductas que se

    consideran que deben llevar a cabo hombres y mujeres. De tal modo que el encasillamiento que las diferentes sociedades imponen a los sexos a través de los significados asociados a la dualidad masculino-femenino condiciona el tipo de actividades y distribución de las ocupaciones consideradas más adecuadas para ambos (Pastor, 2000). Los roles o papeles asignados para cada sexo se despliegan desde los estereotipos “descriptivos”. Lo que supone reconocer que la existencia de roles o papeles diferenciados para cada sexo es la consecuencia

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    “natural” de asumir la existencia de características psicológicas diferentes para cada sexo. La asimetría de papeles ha propiciado la división del espacio público-privado como esferas separadas para ambos sexos. Apoderándose el hombre del espacio público o político y relegándose a la mujer al espacio privado o doméstico. De nuevo aquí se reproduce la jerarquia valorativa en función de la cual se prioriza el espacio público frente al espacio privado para garantizar la supremacía masculina. Pero la significativa incorporación de la mujer, en las últimas décadas, al trabajo remunerado en los países occidentales ha desestabilizado esta balanza. Y ya que la jerarquización de los espacios supone un medio para la jerarquización de los sexos, el fin en sí mismo, para mantener a la mujer en un estatus inferior su incorporación al espacio público ha ido paralelamente vinculada a la devaluación del trabajo en sí mismo (Goldberg, 1968). Lo que implica que aquellos trabajos de alto prestigio desarrollados tradicionalmente por los hombres se han ido devaluando al mismo ritmo que se ha incorporado la mujer a su ejercicio. Posibilitando con ello el mantenimiento de la jerarquía entre los sexos.

Del sexismo hostil al sexismo moderno

     Para identificar la visión más tradicional del sexismo hay que remontarse a las aportaciones de Allport (1954), quien lo define como un prejuicio hacia las mujeres, entendiendo éste como una actitud de hostilidad y aversión. De modo que esta primera aproximación al concepto de sexismo está connotado por evaluaciones negativas que suponen un tratamiento desigual y perjudicial hacia las mujeres y, se conoce hoy en día como sexismo explícito (overt sexism) (Benokraitis y Feagin, 1986, 1995), porque es fácilmente detectable visible y observable; o viejo sexismo (Old-Fashioned sexism) (Swin, Aikin, Hall y Hunter,

    1995), ya que este tipo de sexismo se apega al mantenimiento de roles tradicionales para hombres y mujeres

    Pero si entendemos el sexismo exclusivamente como una actitud negativa hacia las mujeres es difícil mantener su existencia en las sociedades más desarrolladas (Expósito, Montes y Palacions, 2000). De hecho parece haberse logrado en los países occidentales lo que Batista-Foguet, Blanch y Artés (1994) han denominado “igualitarismo abstracto” que supone

    la igualdad de los sexos en el dominio público y ha ganado un creciente consenso. Pero junto a éste pervive lo que los autores denominan “conservadurismo cultural”, que se detecta en el

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    cambio de actitudes con respecto a los roles familiares. Lo que implica tanto la reticencia de los varones a asumir la cuota de responsabilidad que les corresponde en la esfera doméstica, como las dificultades que encuentran las mujeres en su integración al mundo público. Por tanto la discriminación persiste aunque esta adquiere ahora matices más sutiles y encubiertos (covert sexism).

    Así hoy en día se comprueba que los valores de sexismo se han recanalizado hacia nuevas formas más encubiertas y sutiles de expresión que pasa más inadvertido, y que se siguen caracterizando por un tratamiento desigual y perjudicial hacia las mujeres. La formación de esta nueva cara del sexismo ha discurrido de forma paralela a la evolución de las actitudes racistas etiquetadas como racismo simbólico (Sears, 1988), racismo aversivo (Gaertner y Dovidio, 1986), racismo ambivalente (Katz, Wackenhut y Hass, 1986) racismo moderno (McConahay, 1986; Pettigrew, 1989) o prejuicio sútil (Rueda y Navas, 1996). De hecho entre las aportaciones más destacables en relación al nuevo sexismo se encuentra la de Swin et al. (1995) quienes lo definen como sexismo moderno (modern sexism) y fundamentan

    en los mismos pilares propuestos por Sears (1988) para conceptualizar el racismo moderno, adaptados a las relaciones entre sexos: 1) Negación de la discriminación, 2) Antagonismo ante las demandas que hacen las mujeres, y 3) Resentimiento acerca de las políticas de apoyo que consiguen. Paralelamente a esta conceptualización Tougas et al. (1995) introducen el concepto de Neosexismo que lo definen como la manifestación de un conflicto entre los

    valores igualitarios junto a sentimientos negativos residuales hacia las mujeres. Este sexismo aunque está en contra de la discriminación abierta contra las mujeres, considera que éstas ya han alcanzado la igualdad y que no necesitan ninguna medida política de protección impidiendo con ello la igualdad real.

     En conclusión la nueva cara del sexismo, identificado como sexismo moderno o neosexismo, se articula desde una perspectiva más sutil y encubierta y con ello más perniciosa para los objetivos de igualdad. Considerando la dimensión social el plano a partir del que se articula su comprensión. Lo que supone que amparados en la supuesta igualdad entre los sexos se impidan las acciones positivas que propiciarán la igualdad real en la esfera pública. Un sexismo que en cualquier caso no es ajeno a los presupuestos que han nutrido de contenido al sexismo más tradicional (Spence y Hahn, 1997).

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Sexismo ambivalente

    En la conceptualización del sexismo moderno recogida de los planteamientos hechos por Swin et al. (1995) y del Neosexismo de Tougas et al. (1995) se prima la dimensión social y con ello la consideración de los sexos como grupos homogéneos en conflicto. Esto supone asumir que la superación del sexismo vendrá dada por la superación de la asimetría social entre los sexos, es decir la igualdad objetivada en el ámbito público que supone superar las barreras que frenan el avance de la mujer. Estos presupuestos se desarrollan, como hemos visto, en sintonía con la forma de abordar las desigualdades provocadas por otros elementos de diferenciación como es la raza.

    Sin embargo a diferencia de las categorizaciones hechas en función de la raza, etnia o cultura entre los que se puede asumir una clara independencia entre los miembros de los distintos colectivos, las relaciones entre sexos se encuentran necesariamente connotadas también por relaciones de dependencia. Precisamente la compleja constelación de relaciones de dependencia e independencia hace de las relaciones entre sexos una realidad ideosincrática y singular con elementos no compatibles con los presentes en el resto de las relaciones intergrupales. Por tanto para maximizar la comprensión del sexismo moderno ha de reconocerse esta singularidad relacional entre los sexos. Esto supone reconocer que las actitudes hacia los sexos serán el resultado de estas fuerzas divergentes de independencia y autonomía en el contexto social con las fuerzas convergentes de dependencia y heteronomía en el ámbito relacional. Este reconocimiento ha propiciado el desarrollo de la más reciente y novedosa teoría sobre el sexismo moderno.

    La teoría del sexismo ambivalente de Glick y Fiske (1996) es la primera que reconoce

    la necesidad de ubicar en la comprensión del nuevo sexismo la dimensión relacional. Sexismo que se operativiza con la presencia de dos elementos con cargas afectivas antagónicas: positivas y negativas (Glick y Fiske, 1996; 2000; 2001). Danto lugar a dos tipos de sexismo vinculados: sexismo hostil y sexismo benevolente. El sexismo hostil es una ideología que

    caracteriza a las mujeres como un grupo subordinado y legitima el control social que ejercen los hombres. Por su parte, el sexismo benevolente se basa en una ideología tradicional que idealiza a las mujeres como esposas, madres y objetos románticos (Glick et al. 1997). Y es sexista también en cuanto que presupone la inferioridad de las mujeres, ya que este sexismo reconoce y refuerza el patriarcado pues considera que las mujeres necesitan de un hombre

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    para que las cuide y proteja. A su vez utiliza un tono subjetivamente positivo con determinadas mujeres, las que asumen roles tradicionales, como criaturas puras y maravillosas cuyo amor es necesario para que un hombre esté completo. En el sexismo hostil a las mujeres se les atribuye características por las que son criticadas, en el sexismo benevolente características por las que son valoradas, especialmente vinculadas a su capacidad reproductiva y maternal. En definitiva una visión estereotipada de la mujer tanto en su tono más hostil, evaluada negativamente como “inferior” como en su tono más benevolente evaluada positivamente como “diferente”, pero supeditada a determinadas “funciones”.

    Además el sexismo benevolente ayuda al sexismo hostil permitiendo a los hombres sexistas ser benefactores de las mujeres y disculpar su hostilidad, sólo ante aquellas mujeres que se lo merecen. Este sexismo benevolente suscita conductas prosociales como de ayuda o protección hacia las mujeres.

     La dimensión más hostil comparte con el sexismo tradicional su tono afectivo negativo. Por su parte la dimensión más benevolente, que despliega un tono afectivo positivo, no es en realidad algo nuevo, de hecho este se refleja en la ética de las religiones cristianas, de tan larga tradición en los países más occidentales. En éstas se transmite la visión de las mujeres como débiles criaturas que han de ser protegidas y al mismo tiempo colocadas en un pedestal en el que se adoran sus roles “naturales” de madre y esposa, de los que no debe extralimitarse.

    En un reciente estudio en colaboración con Glick (Glick, Lameiras y Rodríguez, en prensa) comprobamos como las personas más religiosas son precisamente las que se adscriben a actitudes más benevolentes.

    Por tanto lo realmente novedoso de la teoría propuesta por Glick y Kiske (1996, 2001) es la combinación indisociables de las formas hostiles y benevolente de las actitudes hacia las mujeres que representarían las formas de sexismo más modernas y que conforman el sexismo ambivalente. Que brota del reconocimiento de la dimensión relacional-dependiente entre los sexos como eje articulador.

    Para desarrollar Glick y Fiske (1996, 2001) esta teoría del sexismo ambivalente recurren a la posición teórica de la ambivalencia propuesta por Katz (1981) y Katz y Hass (1988). La ambivalencia en términos generales se define como el resultado de albergar valores que son contradictorios o bien conflictivos entre sí. Estos autores afirman que esto es lo que le sucede a muchas personas en Estados Unidos. Por una parte, valoran muy

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    positivamente el igualitarismo como la base de los principios democráticos. Pero por otra parte, sobrevaloran el individualismo que constituye un reflejo de los principios de la ética protestante. Estos valores de igualitarismo e individualismo pueden entrar en conflicto, sobre todo a la hora de regular la expresión de los prejuicios raciales. Si estas personas se adhieren al igualitarismo, les llevaría a mostrar simpatía hacia los y las afroamericanos/as y además reconocerían públicamente que se les ha subordinado y humillado a lo largo de la historia. Pero la adhesión al individualismo les llevaría a la dirección contraria. Katz y Hass (1988) afirman que el choque entre los valores de igualitarismo e individualismo produce en una persona una dualidad actitudinal, que puede traducirse en actitudes positivas o en actitudes negativas. Además la ambivalencia actitudinal genera un malestar psicológico, ya que las personas buscan activamente la consistencia (Festinger, 1957).

    Siguiendo esta linea argumentar Glick y Fiske (1996) parten de que la ambivalencia sexista se origina en la influencia simultánea de dos tipos de creencias sexistas porque son dos constructos subjetivamente vinculados a sentimientos opuestos hacia las mujeres. Aunque sin experimentar conflicto ya que según Glick et al. (1997) el sexismo ambivalente es capaz de reconciliar las creencias sexistas hostiles y las benevolentes sin sentimientos conflictivos y, esto lo sugiere la alta correlación entre sexismo hostil y benevolente (Glick y Fiske, 1996). La forma en que se evitan los conflictos entre actitudes positivas y negativas hacia las mujeres es clasificándolas en subgrupos. Uno de mujeres “buenas” y otro de mujeres “malas”, en los que se incluyen aspectos positivos y negativos del sexismo ambivalente. Las primeras merecen un tratamiento hostil y las segundas merecen ser tratadas con benevolencia. Por tanto establecer subtipos polarizados de mujeres, unas colocadas en un pedestal y otras arrojadas a la cuneta (Travris y Wade, 1984) se convierte en fructífera estrategia para evitar los sentimientos conflictivos. Utilizar categorías automáticas, basadas en pistas como la apariencia física o los roles sociales, guía las reacciones ante cada mujer. Por tanto en vez de experimentar tensión emocional, vulnerabilidad y conflicto, se clasifica a cada mujer en función de los estereotipos que cree que la definen y se actúa en consecuencia.

    De hecho Glick y Fiske (1997) comprueban que los hombres establecen tres tipos de grupos de mujeres: las tradicionales, las no tradicionales y las sexys. Las mujeres que representan el rol de amas de casa, las mujeres profesionales que se desarrollan también en el espacio público, no exclusivamente el privado y finalmente las sexys. Los hombres sexistas temen al grupo de mujeres no tradicionales porque retan su poder; así como a las mujeres

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    denominadas sexys, porque temen que ellas con su poder de seducción junto con el interés de los hombres por el sexo, les arrebaten también su poder. Estas mujeres son definidas como peligrosas, tentadoras y sensuales, y los hombres sexistas suelen mantener actitudes hostiles hacia ellas.

    Todo ello nos lleva a establecer que con el sexismo ambivalente, los hombres pueden mantener una consistencia actitudinal que implica despreciar a algunas mujeres y amar a otras. El sexismo hostil se aplica como un castigo a las mujeres no tradicionales como mujeres profesionales y feministas porque estas mujeres cambian los roles de género tradicionales y las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Mientras que el sexismo benevolente es una recompensa a las mujeres que cumplen los roles tradicionales porque estas mujeres aceptan la supremacía masculina. Por consiguiente el sexismo hostil y el sexismo benevolente actúan como un sistema articulado de recompensas y castigos con la finalidad de que las mujeres sepan cual es su posición en la sociedad (Rudman y Glick, 2001).

    Esto ha llevado a Click y Fiske (1996, 2001) a preguntarse si el sexismo hostil se dirige hacia un grupo determinado de mujeres y el sexismo benevolente hacia otro grupo. Estos autores razonan esta afirmación planteando que es posible que a nivel ideológico pueda resultar fácil a los hombres categorizar a las mujeres en subgrupos, favorables o desfavorables, pero cuando se valora a mujeres concretas esto es más complicado, especialmente cuando existe una vinculación afectiva con ella. Evidenciando que el sexismo hostil y sexismo benevolente conviven, por ejemplo en las actitudes hacia una hermana que se ha convertido en feminista o una pareja a la que inicialmente recompensa con el sexismo benevolente y finalmente castiga con el hostil si ésta lo rechaza (Glick y Fiske, 2001).

Fundamentos del Sexismo ambivalente

     Las actitudes hacia las mujeres hostiles y benevolentes tienen un origen ancestral, ya que ambos tipos de actitudes están claramente evidenciadas en la mitología griega, y concretamente Glick y Fiske las sitúan en el poema épico La Odisea de Homero compuesto hace 3 millones de años. Este poema narra el regreso del héroe griego Ulyses (o también llamado Odiseo) de la guerra de Troya. El relato abarca sus 10 años de viajes hasta reunirse con su amada esposa Penélope, que se presenta como el ideal griego de feminidad hermosa,

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    inteligente y complaciente; así como pilar de la casa, prudente, fiel y subordinada al marido. Hasta que Ulyses no pudo reunirse con ella, estaba incompleto. A su vez, Penélope necesitaba la protección de su marido frente a los pretendientes que le surgieron durante su larga ausencia. Los componentes del sexismo benevolente se manifiestan en el relato con una

    Penélope integrada en el rol doméstico y marital que necesita el cuidado y protección de su esposo. Por otra parte, algunos de los obstáculos que retrasaron el regreso de Ulyses con su esposa, se manifiestan en el poema en forma de mujer, de sirenas que intentaron atraparlo. Circe una hechicera, que usó su belleza para tentar a la tripulación de Ulyses e intentar detener a su tripulación y destronarlo. En esta parte en donde se manifiesta el sexismo hostil,

    que considera que las mujeres usan sus encantos y su sensualidad para rebatir el poder de los hombres.

    Glick y Fiske (1996, 1999, 2000) sugieren que tanto el sexismo hostil como el sexismo benevolente tienen sus raíces en las condiciones biológicas y sociales que son comunes a todos los grupos humanos. Y giran en consecuencia en torno al poder social, la identidad de género y la sexualidad, y se articulan en torno a tres componentes comunes: El paternalismo,

    la diferenciación de género y la heterosexualidad. Cada componente refleja una serie de

    creencias en las que la ambivalencia a las mujeres es inherente, ya que presenta un componente hostil y otro benévolo.

    Glick y Fiske (1996) definen el paternalismo como la forma en la que un padre se

    comporta con sus hijos/as, por un lado les aporta afecto y protección y por el otro el padre es el que manda sobre sus hijos/as. Esta concepción está íntimamente relacionada con la visión ambivalente del sexismo, porque incluye dos dimensiones: el paternalismo protector y el

    paternalismo dominador. El sexismo se materializa por un lado en un paternalismo

    dominador que desencadena el sexismo hostil, donde se asienta la estructura del patriarcado que legitima la superioridad de la figura masculina. Y ve a las mujeres como seres incapaces, incompetentes y también las perciben como peligrosas debido a que intentan arrebatar el poder de los hombres. Por otro lado el sexismo también se materializa en un paternalismo protector que desencadena el sexismo benevolente, y que los hombres aplican a las mujeres que desempeñan roles tradicionales, ya que las consideran como criaturas débiles y frágiles a las que hay que colocar en un pedestal y protegerlas. El paternalismo protector puede coexistir con su complementario dominador porque los hombres dependen del poder diádico de las mujeres como esposas, madres y objetos románticos. Así las mujeres tienen que ser amadas,

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